El viento que arrasa, de Selva Almada

Reseñamos esta novela de una de las novelistas más destacadas de Argentina

Mardulce ha publicado en España la novela “El viento que arrasa” que vio la luz en Buenos Aires en 2012 y que en seguida fue traducida a varios idiomas, convirtiéndose, con varias decenas de miles de ejemplares vendidos en uno de los fenómenos literarios de los últimos años en lengua hispana.

La historia que Selva Almada desarrolla en esta breve novela podría resumirse así: un pastor protestante, de viaje con su hija por el norte de Argentina, sufre una avería en su vehículo, lo que le obliga a detenerse por unas horas en un taller mecánico ubicado en medio de una tierra reseca y vacía. El mecánico, Brauer, vive allí con la única compañía de su ayudante Tapioca y de un montón de perros que corretean entre decenas y decenas de coches convertidos en chatarra. Mientras esperan que el coche sea arreglado, se va creando una extraña relación entre los protagonistas a la que no son ajenos ni el pasado de todos ellos —lleno de secretos y remordimientos— ni la tormenta que poco a poco se va formando sobre el taller… y que estalla en un copioso aguacero.

Con este argumento, Almada construye una novela que tiene mucho de western contemporáneo —imposible no citar a Carson McCullers—pero que también recoge la influencia de algunos autores latinoamericanos, en especial, la de Rulfo de quien parece haber heredado no sólo la creación de atmósferas, sino el gusto por un lenguaje sencillo, preciso y pegado al habla popular.

Con todo, el gran logro de “El viento que arrasa” es la creación de un entorno reseco, apartado, sobre el que poco a poco se va formando una tormenta que tiene su equivalente en la actitud de los personajes, hasta el punto de que poco después de que el agua comience a caer con fiereza, estalla también la violencia entre los cuatro protagonistas. Un paisaje duro, ardiente, que no sólo influye en la psicología de los personajes, sino que parece ser él mismo una psicología, una psicogeografía.

No cae Almada, sin embargo, en el gusto por la violencia fácil. Por lo que aquí todo se resuelve sin más sangre de lo que la novela (y acaso también el realismo) demandan. La vida, al final, sigue más o menos igual: ha pasado una tormenta, pero éstas son siempre, y por definición, breves. Lo que queda después el paisaje todavía desolado, los mismos remordimientos y las vidas que continúan, como decíamos, sin muchos cambios.

Entre medias, hemos asistido al encontronazo de cuatro personajes muy bien creados, a los que Selva Almada saca poco a poco a la luz aunque sin retirarlos nunca por completo de la zona de penumbra, para después devolverlos allí de nuevo y para siempre: al anonimato, a la vida corriente.

Una novela, en fin, de catástrofes latentes que se lee de un sorbo y que cuenta con unos personajes y, sobre todo, un entorno tan vivos que a ratos parecen salirse de las páginas… o meterte a ti dentro de ellas.

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