Esquina de mundo, de Óscar Sotillos

Frecuentemente, uno se hace escritor porque su realidad le aburre y desea o necesita inventarse una nueva.  Luego hay quien se hace escritor porque la realidad -hasta la, en principio, más sencilla y plana- le fascina, pues consigue hallar y extraer de ella lo misterioso, lo fantástico. Es es la mirada del poeta y es ahí donde hay que situar la obra de Óscar Sotillos.

En “Esquina de mundo” (Baile del sol, 2017), el autor utiliza sus viajes por el mundo como imagen-bisagra -el término, acertado, es suyo- que le hacen regresar una y otra vez al paisaje y la cultura de su infancia:el pueblo soriano de Montejo de Tiermes.

Así, en breves relatos que tienen mucho de crónica memoriosa, Óscar Sotillos nos habla de leyendas, tradiciones perdidas, juegos de la infancia, rincones mágicos, oficios desaparecidos. Con la mirada del poeta, que es también la del niño, recorre las calles de su pasado para señalar a quienes le precedieron: su vida sencilla, sus costumbres y ese arte hoy casi perdido -pero recuperado y guardado como algo sagrado por autores como Óscar- de sentarse junto al fuego y contar el pasado.

Así, nos enteramos, por ejemplo, de que la gente humilde de Mongolia juega a las tabas -allí Shaagay- y de que en Montejo juegan a la tanguilla y la calva, que en mi pueblo se llama la tanga y la maceta, aunque sea el mismo juego. Y asistimos al cruce de caminos de Machado y Walter Benjamin, dos exiliados que acabaron enterrados muy lejos de sus casas. O somos informados sobre las diferentes huellas del diablo, o sobre las complicaciones que todavía en el siglo XX podía causar el cólico miserer. También asistimos al nacimiento de Duna y a la muerte del árbol de la música, un olmo testigo de la vida y la muerte de cientos de generaciones que desapareció fruto de la grafiosis… y que como en una metáfora de la existencia, acabó renaciendo de sus raíces.

Una serie de relatos, esta de Óscar Sotillos, que da ganas de viajar. De viajar solo o bien acompañado. De volver a mirar cada detalle con los ojos del niño curiosos que son, ya lo hemos dicho, los ojos del poeta. De sacarle un billete a Óscar a cualquier lado y pedirle a cambio que nos siga enviando sus nutrientes crónicas.

Un libro, en suma, para degustar con calma. Y para recuperar el gusto por escuchar historias del pasado y la memoria. Las únicas que, en medio de tantas crisis de identidad, pueden alumbrar nuestro presente y nuestro futuro.

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