Sobre locura, política y literatura
Podría resultar peregrina la conjunción de un poeta español con un filme italiano. Sin embargo, la noticia de la muerte de Panero coincide con el reciente estreno en Londres del largometraje del cineasta italiano Roberto Andó, Viva la libertà, donde poesía, política y locura se imbrican para dar una visión interconectada de las tres cosas, igual que la vida y la obra de Panero encarnan la combinación de todos esos elementos.
En general, se ha soslayado la alianza entre poesía y política en el ejercicio de la crítica literaria, cuando no ha sido sometida a una abierta censura crítica y a una represión política y psíquica (y, sin embargo, ¡cuánto psicoanálisis de la interiorización de la perversión política podría hacerse de la escritura poética española!). Traigo aquí dos citas sobre la unión de literatura y política; la primera de un pensador radical italiano, Federico Campagna, y, la segunda, de un editor de nuestro país, Constantino Bértolo. Afirma el primero que “durante todo el siglo XX, cultura y política han estado asociados y, sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial hubo una hegemonía bastante fuerte de la izquierda a nivel cultural en Italia y, por tanto, la producción cultural, sobre todo la de la alta cultura, siempre ha sido muy política y de izquierdas: de Gramsci a Pasolini, etc. etc. En Italia es, por tanto, bastante normal que se dé esta conjunción”. Bértolo, por su parte, asegura que “hace años, que un editor planteara una visión política de la literatura era bastante extraño. En este momento, al socaire de la crisis, veo con cierta satisfacción, y un poco de ironía, cómo lo político en una editorial puede ser tendencia”. Huelga profundizar (por obvios) en los motivos de por qué históricamente la aceptación de la relación entre política y literatura resultó ser tan diferente en Italia y España, y por qué también hoy existen muchas reticencias e incluso hostilidad hacia cualquier visión de la literatura que aúne ambos fenómenos (digamos que la hostilidad es variable y que la crisis, como apunta Bértolo, parece “legitimar” un acercamiento entre ellos). En España muchos dieron por sentado que lo político en la poesía equivalía a “usar” (léase usar mal, se entiende) la literatura, pero estos críticos no repararon o eligieron ignorar el hecho de que lo político y la historia están presentes en modos que el poeta no puede controlar, en forma de “hechos interiorizados”, como diría Antonio Gamoneda, y que “lo personal es político” (como reza el lema feminista). No se trata simplemente, pues, de la “literatura comprometida” que abordara Sartre en Qu’est ce que la littérature? Parafraseando a Ortega: “No, no es eso”. O no solamente.
No debería parecernos extraña esta conjunción de política, literatura y locura; al contrario, lo extraño es pensar que una combinación variable de esos tres ingredientes no se dé en la política, tanto como en la escritura literaria. Como dijo Panero “España es la que está loca, no yo”. ¿Y quién no admitiría en su sano juicio que la España de los Panero estaba loca? Enloquecida o enferma, la España de la posguerra también hizo posible que hubiera un poeta como Panero.
La teórica de la literatura Jacqueline Rose ha hecho de la cuestión de la fantasía (terreno por antonomasia de la literatura y terreno de la ruptura con la realidad, es decir, de la locura) una categoría doble de reflexión político-literaria. De hecho, según la autora debería analizarse más seriamente cómo las construcciones imaginarias en la literatura y fuera de ella (en que a veces basan sus reivindicaciones identitarias las naciones) se encuentran entretejidas con realidades históricas a las que dan y sirven de forma (Rose centra su empeño crítico en Israel).
Viva la libertà, por otra parte, muestra cómo la “visión del loco” es, a veces, justamente lo que necesitamos (en una vida política donde la locura pasa por normalidad) para radicalizar y hacer eficaz un discurso político de resistencia. Y aunque, en palabras de Andó, “no es posible ningún tipo de reconciliación con la locura”, en el sentido de que el personaje loco de Viva la libertà (hermano gemelo del presidente del partido de la oposición que ha huido a Francia en un momento político crítico para Italia y que se hace pasar por su hermano para tomar las riendas del partido que lidera su hermano) no puede (no podría en ningún caso) solucionar los problemas políticos del país, el filme sí que deja claro que en un mundo gobernado por la mentira y el cinismo, la “lucidez” radical del loco, su radical sinceridad sin filtros, es un acto (pre)revolucionario. El filme muestra, además, de qué forma lo retórico también construye la realidad política y mueve a las masas (la unión de literatura y política en el filme en ocasiones resulta incluso literal, cuando Servillo cita a Brecht). Los discursos de Toni Servillo (en su papel de loco) son, por momentos, emocionantes, d’annunzianos en la manera en que hacen uso de mecanismos retóricos (poéticos) de interpelación democrática. En un momento de la película, increpado por un periodista acerca de una posible alianza política con un partido enemigo (en un país famoso por la necesidad de formar coaliciones para gobernar) Servillo lo mira fijamente y responde rotundo: “la única alianza política posible es con la conciencia del ciudadano”. Bien mirado, esa es, igualmente, la alianza que la poesía, también la poesía de un loco como Panero, establece: con la conciencia del lector.
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Por cierto, hablar del padre de Panero no ha sido un desliz, es de él de quien quería hablar, es a quien quería poner en la palestra como ejemplo.
Saludos, Pilar
Parafraseando a Ortega: “No, no es eso” …
La Segunda Repúbica, a la que se refería Ortega con esta frase, como cualquier república, no es per sé “buena o mala”, y muchos siguen confundiendo lo que es una forma de Gobierno con una forma de Estado. El fin, no justifica los medios, viene a decir Ortega, por muy República que la llames, pero es una forma de gobierno, que puede ser nefasta. Surgieron de hecho para contrarrestar el poder de las monarquías absolutas, que ya no existen. Hay de hecho repúblicas nefastas, como la “República Democrática del Congo” y otras más, que de democrática no tienen nada y son más dictatoriales que cualquier monarquía absoluta del pasado, y desde luego, nada que ver con una monarquía parlamentaria como la nuestra donde la figura del Rey … en fin, ya sabemos lo que es corruptelas aparte, cual es su poder real.
En este sentido, ¿qué piensas de la aseveración de Andrés Trapiello cuando dice que los poetas y los escritores de derecha ganaron la guerra pero perdieron los manuales de literatura?. ¿De verdad fueron peores los autores de “derechas”? O sencillamente era una etiqueta impuesta, porque había que elegir bando para sobrevivir, posicionarse, porque una minoría de fanáticos se apoderaron de la voluntad popular, en ambos bandos, y prefirieron la guerra. Pero muchos, sencillamente fueron obligados a estar en un bando o en otro, en aceptar una dicotomía brutal.
Recordemos a Agustín de Foixa: “Me obligáis a hacerme falangista porque no quiero ser comunista”. Y qué decir de por ejemplo de Dionisio Ridruejo, que de ser coautor del himno de falange, que voluntariamente se alistó como soldado raso en la División Azul auto-negándose la comodidad de la silla y la pluma para dar una coherencia y soporte de credibilidad real a su viraje.
Sí, política, locura y literatura, estuvo ahí, pero la parte de la política, no por parte de los propios literatos, sino de quienes quisieron usarlo a su favor -ahí está Leopoldo Panero, que tenía de falangista sencillamente la oportunidad de escribir dedicarse a escribir y ya está -no sabía hacer otra cosa- mediante un puestecillo a su medida “patrocinado” por su mujer Felicidad Blanc, que provenía de una familia de la alta burguesía madrileña de gran influencia.
Saludos cordiales