Posmodernidad y crisis

Entrevistamos al escritor y filósofo Jorge Polo Blanco

“El yo posmoderno es un yo enteramente funcional a la lógica del capitalismo hiperconsumista”, señala Jorge Polo Blanco, autor de “Perfiles Posmodernos” (Dykinson). Y añade: “Esta crisis, que no es una crisis económica más, sino una crisis de civilización, está empezando a producir un retorno de lo colectivo, de lo político, de lo identitario”

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Jorge Polo Blanco durante la entrevista con Mundo Crítico

Jorge Polo Blanco escribió hace un tiempo “Perfiles Posmodernos”, publicado en la editorial Dykinson. En la actualidad prepara su tesis doctoral sobre el tema “Karl Polanyi: una crítica de la totalización económica de la vida humana en las sociedades de mercado”. Su opúsculo “Posmodernidad consumista y nihilismo de la mercancía” es una profunda y dura crítica de los procesos de consumo en la sociedad hiperconsumista del último capitalismo, ese que ahora se ve amenazado, al menos en nuestro país, por la crisis que padece buena parte de la población.

¿Hacia dónde avanzará ahora el capitalismo? ¿Estamos dejando atrás la posmodernidad? ¿Fue ese proceso un periodo trampa, un proceso de desideologiación destinado a conseguir que ahora aceptáramos mejor los recortes de servicios públicos y derechos? Charlamos de todo ello con Jorge Polo Blanco.

Mundo Crítico: Usted sostiene, en su libro, que la posmodernidad es la “ideología”, el resultado obvio, del capitalismo tardío. Teniendo en cuenta que una de las características de la posmodernidad es la desideologización y mirando el proceso desde el punto de la vista de la actual crisis, ¿estábamos ante un plan programado? Porque esa desideologización ha favorecido, por ejemplo, que la organización ante el retroceso en derechos haya sido mucho menor y más sectorial.

Jorge Polo Blanco: En este tema yo asumo explícitamente la tesis del teórico marxista Fredric Jameson, que concibe la posmodernidad como la “lógica cultural del capitalismo tardío”. Y uno de los efectos más notorios de esta lógica cultural es, en efecto, la muerte de las grandes narrativas ideológicas, como ya propusiera Lyotard en unos textos bastante malos, pero que le auparon a la celebridad filosófica hace ya algunos años. Hemos de tener en cuenta, no obstante, que la idea de un “fin de las ideologías” también fue puesta en circulación por gente como Daniel Bell, un pensador norteamericano muy conservador y defensor del viejo orden capitalista de tipo puritano. En cualquier caso, algo de cierto hay en todo ello, y creo que ese desfallecimiento de los grandes mitos políticos ha ido decantándose de manera acompasada a un proceso extenso e intenso de despolitización de las masas, al menos en Occidente. Y la despolitización, en un sentido etimológico radical, implica nada menos que una renuncia a la participación consciente en la construcción de lo común. Pero lo común siempre se construye, y si renunciamos a construirlo, otros vendrán a construírnoslo. Se despolitiza el conflicto laboral, por ejemplo, y eso se traduce en una paulatina decadencia de la fuerza colectiva y organizada de los trabajadores. El conflicto capital-trabajo ya no es un conflicto colectivo-político, sino individual-psicológico. Si tengo problemas con la empresa voy al psicólogo, porque soy un inepto que no es capaz de mantenerse vivo en el mercado laboral, y ya no me afilio a un sindicato. Esto es posmodernidad a toda máquina, por así decir, pues hay toda una mutación en los marcos intelectuales y axiológicos con los que construimos la realidad. Y todo esto tiene que ver también con la transición de un régimen de producción fordista a otro posfordista, como han señalado David Harvey y otros; en ese tránsito, la identidad laboral, antaño férrea y constante (forjada en un entorno de trabajo duro pero estable y continuo), queda ahora triturada y licuada en una subjetividad líquida y desestructurada producida por unas condiciones laborales sujetas a la permanente movilidad, incertidumbre y flexibilidad. Es en este contexto en el que los apologetas de la posmodernidad celebran la muerte de los grandes relatos (que ellos califican como asfixiantes, homogéneos, autoritarios. aprisionadores etc.), dan una calurosa bienvenida a la “disolución lúdica” de todas las identidades fuertes y se regocijan en la quiebra de los fundamentos. No diré yo que no sea motivo de celebración el óbito de algunas de esas identidades y fundamentos, y no puedo dejar de pensar en los dogmas religiosos y en la moral que de ellos se derivaba. Pero cabe preguntarse si hay algo así como un “posmodernismo de resistencia”. Y mi respuesta tentativa advierte que es el propio capitalismo, en su fase crecientemente hiperconsumista, el que impone la aceleración disolvente de toda la realidad cultural; es algo sobre lo que Santiago Alba Rico ha escrito muchas páginas magistrales, advirtiendo de la corrosión social y antropológica que se produce cuando el “régimen de la mercancía” se extiende a todos los ámbitos de lo humano. También Karl Polanyi incide en eso, y es lo que yo he llamado “nihilismo de la mercancía”, porque es aquí donde emergen los rasgos del estilo posmoderno. Ese yo fragmentado, blando, ingrávido, descentrado, corroído, mercantilizado, despolitizado y estetizado, siempre reciclable y desestructurado es, en definitiva, un yo enteramente funcional a la lógica del capitalismo ultraconsumista. Y esa subjetividad líquida, por usar la metáfora de Bauman, no puede construir una teoría crítica del orden social porque todas sus narrativas históricas y sus cosmovisiones políticas han quedado trituradas y desprestigiadas. Pero ojo, porque la impostura reside precisamente en esto. Sí quedaba un Ídolo, una Deidad, un Símbolo, una Narrativa y una Cosmovisión: el Mercado. En una palabra, la posmodernidad, un pensamiento que desconfiaba de nociones fuertes del tipo “verdad”, “objetividad”, “razón” o “progreso” allanó el camino para que el neoliberalismo, la gran narrativa superviviente a la muerte de las ideologías, convirtiese los principios de la economía de mercado en la verdad y objetivad del mundo, en la razón y el progreso de la historia. Nosotros nos desarmamos alegremente, nos quedamos completamente inermes, sin razón, sin verdad, sin principios, sin narrativa, sin sistema explicativo alguno, festejando la “liberación lúdica” del consumo. Y entonces el neoliberalismo terminó por imponer su verdad y su narrativa. Y el hechizo posmoderno, al que buena parte de la izquierda sucumbió, jugó un papel determinante en la decantación de dicho proceso.

 

Si tengo problemas con la empresa voy al psicólogo, porque soy un inepto que no es capaz de mantenerse vivo en el mercado laboral, y ya no me afilio a un sindicato. Esto es posmodernidad a toda máquina

 

MC: Otras de las características de la posmodernidad que usted señala es el hiperconsumo. Sin embargo, uno de los problemas que con más frecuencia la gente señala en la crisis actual es que su capacidad de consumo se ha visto muy reducida: ¿Estamos dejando atrás la posmodernidad o es sólo un ajuste de ésta? ¿Puede ese retroceso en el hiperconsumo hacernos volver a posiciones ideológicas pasadas (vuelta, por ejemplo, a una identidad proletaria) o la caída de las grandes ideologías es un proceso irreversible?

J.P.B: Creo que el capitalismo, en esta fase de crisis sistémica brutal, ha emprendido una enloquecida huída hacia adelante, rompiendo con ello todos los viejos pactos. Esos pactos son los que el capital firmó, en Occidente, con la clase obrera organizada tras la segunda guerra mundial. Es el keynesianismo, es el Estado del bienestar, es el Estado social, es el acceso de las clases trabajadoras a una considerable porción en el reparto de la renta social. El capital cedió en esto, pues su antagonista estaba fortalecido y robustecido; es decir, el mundo del trabajo era lo suficientemente fuerte como para exigir derechos y garantías en la negociación del contrato social. Es verdad que a través de este mismo proceso las clases trabajadoras fueron quedando paulatinamente apaciguadas, todavía fuertes en su poder de negociación, pero alejadas ya del ímpetu político revolucionario. Se trataba, en suma, de un incremento de las clases medias y un acceso de extensas capas de la población trabajadora a altos niveles de consumo. Recordemos que es en el seno de esta sociedad cada vez más hiperconsumista donde emergen los fenómenos de la posmodernidad: muerte de las grandes ideologías, despolitización etc. Pero ese universo es el que ahora está muerto, aunque la quiebra viene de tiempo atrás. El capital ya no puede seguir creciendo como crecía, y sin el contrapeso geopolítico soviético, su estrategia en Occidente es ya de “tierra quemada”: descuartizamiento de toda la protección social de los Estados, desvalorización bestial de las rentas del trabajo, mercantilización exhaustiva de los últimos reductos sociales que aún no habían sido convertidos en “nichos de mercado”, empobrecimiento masivo de la población etc. Ahora ya podemos decir que “todos somos periferia”, también aquí, en el viejo continente. El eje político se ha escorado de tal manera que hoy en día una socialdemocracia que fuera realmente tal (y no la hay) sería de extrema izquierda; a tal punto ha conducido la “tiranía de los mercados”.  Y en este marasmo, las élites económicas y las oligarquías financieras están dispuestas a sacrificar y a hundir a países enteros, como ya hicieron en el pasado, y como lo van a seguir haciendo ahora, si no se lo impedimos. En verdad todo el oropel propagandístico de la sociedad de consumo permanece más o menos intacto, pero obviamente la capacidad de consumo de las masas ha caído de manera portentosa, y esa es una contradicción aguda e irresoluble a medio plazo. Y concretando en torno a vuestra pregunta, no sé si, en este contexto, pueden retornar en los años venideros identidades políticas fuertes, viejas identidades ideológicas. Intuyo que sí, y encuentro un paralelismo con los años 30 del pasado siglo bastante significativo. Como bien enseñó Karl Polanyi, uno de los terribles efectos históricos del fracaso de la utopía liberal de la “civilización del mercado” decimonónica fue la emergencia de los fascismos. Ahora igual que entonces, puede haber un “retorno de lo político”; es más, creo que lo habrá seguro, y ya está sucediendo. El asunto está en si ese retorno de lo político será comandado por los populismos de extrema derecha o por toda suerte de tribalismos identitarios de corte xenófobo y chauvinista o, por el contrario, si será la izquierda capaz de rearmar su discurso y su praxis para imponer la construcción de un nuevo orden post-neoliberal en el que la “tiranía de los mercados” quede embridada; en cualquier caso, la era de la despolitización, que aún está viva, empieza ya a morir. La incógnita es, sin embargo, quien será capaz de canalizar, estructurar y dirigir esa nueva era de politización.

M.C: Señalas también en tu libro que la posmodernidad, en esa lucha contra las ideologías, ha terminado con toda teoría que tratara de hayar un sentido en la historia, que se ha convencido a la gente de que tal sentido no existía y era absurdo buscarlo. 

J.P.B: El profesor Quintín Racionero, lamentablemente desaparecido (y sin el cual mi pequeño libro jamás habría visto la luz), insistía en la paradoja gramatical de la noción “posmodernidad”, ya que inducía a conceptualizar una etapa o era posterior a la Modernidad; pero ese prefijo es engañoso, decía él, ya que precisamente el significado “posmodernidad” pretende connotar una ruptura del decurso temporal. No se trata de lo que viene después de la Modernidad, es otra cosa. Racionero lo expresaba diciendo: “no después, sino distinto”. En efecto, una de las notas que definen el “pensamiento posmoderno” (y lo entrecomillo, pues algunos han dicho que la posmodernidad, lejos de ser un sistema coherente de pensamiento, es más bien algo así como un nuevo “estilo” o un nuevo “talante”), una de sus notas definitorias, en cualquier caso, es la de haber quebrado toda concepción teleológica de la historia, es decir, el haber hecho añicos toda filosofía de la Historia que pretenda encontrar un sentido y una verdad unívocas en el despliegue evolutivo de la totalidad de la historia humana. La posmodernidad, dicho hiperbólicamente, es la muerte de Hegel; es la cancelación de toda “tentación hegeliana” que pretendiese hallar un sentido racional decantándose en la totalidad del devenir histórico de las sociedades humanas. En primer lugar, porque la mera concepción de algo así como una Historia Universal queda pulverizada, y aparece como una mera ilusión eurocéntrica, propia del idealismo, del positivismo, del evolucionismo. La idea-fuerza de un progreso inexorable, en lo moral, en lo social y en lo tecno-científico, queda interpretada como una noción totalitaria y peligrosa. Esa es la ruptura. El tiempo histórico queda ahora sumido en la contingencia, en la fragmentación, en la ausencia de sentido. La posmodernidad dice: “ya no hay Historia (única y racional), sino historias plurales, contingentes, inconexas, fragmentadas, pedazos deshilachados de tiempo inconmensurable”. Toda “conciencia histórica” queda deshilvanada y deslavazada, el pasado ya no otorga sentido al presente, sino que los sentidos, también plurales, flotan en un espacio desestructurado de equivalencia, indiferencia y relatividad irreductible. Cuando se celebra la bondad de esa disolución de la idea de historia pienso en Vattimo, por ejemplo. Pero yo aquí soy muy crítico, y prefiero posicionarme junto a Terry Eagleton. En un libro imprescindible, que precisamente lleva por título Las ilusiones del posmodernismo, Eagleton nos dice que el pensamiento socialista siempre encontró una manera de armar un relato histórico, siempre fue y debe seguir siendo capaz de hallar un sentido en el decurso de las edades del hombre, siempre pudo y deberá seguir pudiendo esbozar un hilo conductor que otorgue una mínima coherencia al devenir de los tiempos: la explotación, en el amplio sentido de palabra. En efecto, en medio de la ruptura posmoderna del sentido histórico, en medio de la fragmentación inconexa de relatos, el socialismo pudo descubrir la más constante de las estructuras humanas, que es el dominio y explotación de unos seres humanos sobre otros. La indagación y el desvelamiento de la historia del dominio económico-político de unos hombres sobre otros es el elemento que nos permite hallar una continuidad de sentido entre el conocimiento y la interpretación del pasado y la promesa presente de una emancipación futura. El feminismo también puede construir su relato y hallar su unidad de sentido en todas las formas históricas que ha ido adquiriendo el patriarcado a través de la sucesión de sistemas culturales y económicos. En medio del marasmo de sentidos quebrados y narrativas incoherentes, que Vattimo celebra como un bendito antídoto contra el “cierre semántico totalitario” de la Historia, el socialismo (y el feminismo) todavía albergan una tarea impostergable: deben construir una unidad de sentido que permita tornar inteligible el pasado y abrir prospectivamente el futuro. No se trata de imponer una única “configuración de sentido” a la multiplicidad de los hechos históricos ni se pretende hallar un despliegue teleológico único y necesario, pero lo que no nos podemos permitir, con la que está cayendo, es asumir la imposibilidad de narrar la historia de los que explotaron y todavía hoy siguen haciéndolo; encontrar una unidad de sentido en el despliegue temporal que permita aprehender la verdad, sí, la verdad de los procesos que hicieron a unos acumular riqueza a costa de la desposesión de los demás; porque, al igual que si no haces política otros vendrán a hacerla por ti, si no contamos nuestra historia otros vendrán a contárnosla. Siempre va a haber un narrador, y entonces hay pocas opciones: o narras, o te narran; se trata, en suma, de “cepillar la historia a contrapelo”, como dijo Walter Benjamin, para nombrar lo que siempre fue acallado.

Ese yo fragmentado, blando, ingrávido, descentrado, corroído, mercantilizado, despolitizado y estetizado, siempre reciclable y desestructurado es, en definitiva, un yo enteramente funcional a la lógica del capitalismo ultraconsumista. 

M.C: Señalas que el hombre posmoderno es un hombre irónico (el homo risibilis), individuos que defienden ciertas ideas, pero siendo conscientes de que, en realidad, podrían estar defendiendo la contrario porque todo es relativo. Es también un hombre fragmentado, al que se ha desgajado de su memoria, de su pasado. ¿Cómo se concilia esa definición del hombre posmoderno con la creciente aparición de fanatismos y partidos nacionalistas y xenófobos en toda Europa?

J.P.B: El hombre posmoderno, si vale tal expresión, se define por su radical instalación existencial en laposmodernidad diversidad fragmentada, en una incertidumbre vital que se despliega sin axiomas; se trata de una vivencia enemiga de toda rigidez categorial, alejada de toda cosmovisión ordenada y coherente, despojada de todo pensamiento fuerte; se trata, también, de un subjetividad volátil anclada en lo lúdico. Es el “nihilista risueño”, que vive en un mundo sin fundamento y sin ratio, pero que experimenta tal estado sin sentimiento trágico alguno, como dice Lipovetsky. No cree en nada y disfruta sabiendo que no cree en nada. Alguien que vive así, por supuesto, habita dentro de un régimen temporal desconectado de todo pasado histórico; ya no hay memoria, ya no se encuentra sentido en el pasado ni se pretende proyectar un sentido hacia el futuro. Bien, pero como decía antes, creo que este universo cultural ha empezado a entrar en barrena, aunque todavía se mantenga en pie. Esta crisis, que no es una crisis económica más, sino una crisis de civilización, está empezando a producir un retorno de lo colectivo, de lo político, de lo identitario. La inseguridad, la desestructuración, la incertidumbre empiezan a dejar de ser percibidas como valores culturales rebeldes, lúdicos, anarquizantes y emancipadores para convertirse en asuntos que tienen que ver con la “cuestión social” y con el deterioro de las condiciones de vida. Los problemas empiezan de nuevo a politizarse, y las angustias individuales empiezan otra vez a revelarse como problemas que tienen que ver con el diseño de lo colectivo, con la estructura socioeconómica, con las reglas que rigen la vida común. Eso se está dando, pero bien es cierto que esa politización de la gente común de momento ha sido cooptada, en buena medida, por la extrema derecha y el nacionalismo xenófobo. Lo vemos en Hungría, en Grecia, en los países nórdicos, en Francia.

M.C: Centrándonos en la cultura, ¿ha traído la posmodernidad un arte más ligero, más humorístico, pero menos profundo, menos necesitado de explicaciones totalizadoras, sean científicas o espirituales? Ese consumo a toda prisa de los productos culturales, esa posmodernidad en la que todo ha de ser banal y no hay lugar para las nostalgias de sentido, ¿permite crear una cultura? Porque hasta ahora llamábamos cultura al sedimento, a los títulos (de libros, de películas,…) que duraban en las tiendas varios años, que se compraban temporada tras temporada, pero ahora no hay libros que duren en un stand de novedades más de un mes o dos. También relacionado con la cultura, hablas de mentes que calcifican en una de las múltiples opciones de lo mismo. ¿Ocurre lo mismo con el arte, con la cultura? ¿Tenemos cada vez más productos, pero menos variedad?

J.P.B: Es un asunto muy complejo, pero es cierto que el tema de la banalización del arte viene tematizándose con desasosiego desde la Escuela de Frankfurt, con su crítica a la industria cultural, en tanto que ésta sólo produce arte de masas en el interior de los circuitos comerciales; Walter Benjamin, en su clásico trabajo “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, puso sobre el tapete esta cuestión, y desde ahí llegamos a la crítica de la “sociedad del espectáculo” de Guy Debord. La mercantilización del arte, el pop art, el arte ligero que apenas se diferencia de la publicidad, la apoteosis de un entretenimiento acrítico inyectado en las venas de los espectadores. Es como si todo el mundo hubiera hecho caso a Adorno, cuando dijo que después de Auschwitz ya no era legítimo escribir poesía, y se dedicaran a partir de entonces a producir un arte ligero para el espectáculo mercantil, sin carga crítica, sin densidad reflexiva, sin valor intelectual. Creo que algo de esto es cierto. Pero ojo, porque también hay un cierto elitismo en esa diferenciación taxativa entre “alta cultura” y “cultura de masas”; porque, no nos engañemos; ¿acaso el arte, cuando era sacro y estaba en manos de la aristocracia (en su producción y en su consumo) y estaba destinado a engrandecer el poder de los cardenales y de los príncipes, acaso ese era un arte más verdadero? Desde luego, la función del arte raras veces ha sido la de criticar frontalmente el poder, y mucho menos la de educar y emancipar a las masas. Entiendo y comparto la crítica a la “posmodernidad artística”, si es que tal sintagma denota algo concreto, en tanto que nace y muere dentro de los circuitos comerciales y las obras así generadas se consumen y reciclan con la rapidez con la que se consume y recicla una cuchilla de afeitar; o que incluso el verdadero lenguaje artístico sea ya indistinguible del lenguaje publicitario; bien, pero la tarea de construir un arte contra-hegemónico, que produzca contramodelos y contrafiguras a la praxis efectivamente existente y dominante, no puede refugiarse en una estética esotérica que sólo unos pocos puedan entender. Un arte subversivo (en la literatura, en la pintura, en el cine, en la música, en el teatro) tiene que producir contra-hegemonía conectando con las categorías del sentido común de la gente de la calle, y ello no significa necesariamente “rebajarse a la banalización y a la comercialización”. ¿De qué sirve un arte subversivo que sólo disfrutan y comprenden quince personas? En estos tiempos de re-politización hay que recuperar un arte político, por supuesto, pero el arte político no tiene que estar necesariamente reñido con el entretenimiento ni tiene por qué ser necesariamente oscuro y aburrido; ni tampoco es necesario banalizarlo, porque a veces subestimamos la capacidad de la gente, y pensamos que no van a ser capaces de entender lo que se cuenta y se propone.

La era de la despolitización, que aún está viva, empieza ya a morir. La incógnita es, sin embargo, quien será capaz de canalizar, estructurar y dirigir esa nueva era de politización.

M.C: Analizando tu opúsculo y tu libro en lo que se refiere a la cultura, se tiene la sensación de que en los últimos años hemos dejado atrás las “costumbres” para tener sólo “modas” ¿Es así? ¿Qué implica ese cambio? ¿Qué papel juega la economía en el continuo desfile de novedades por los escaparates de librerías, tiendas de discos, etc.?

J.P.B: Se puede decir, es cierto, que esa “liberación posmoderna” de esquemas vitales opresivos incita al culto mercantil del yo, a la psicologización y a un narcisismo anclando en el consumo promiscuo de estilos y modas producidos por la mercadotecnia. No podemos ignorar esta realidad. Hubo un momento en el que la apología del placer era revolucionaria, pero el capitalismo se nutre de sus críticas más contundentes y acaba por subsumirlas dentro de su lógica, aprovechándolas y extrayendo rendimiento de ellas. El hedonismo, en su práctica actual, ha quedado en muy buena medida encapsulado en los circuitos de la producción comercial, deviniendo hedonismo explotado y banalizado. Porque el capitalismo coloniza y explota el deseo (lo produce, incluso); lo hizo a través de la masificación, en el taylorismo, y lo sigue haciendo a través de las formas posfordistas de consumo altamente diversificado y singularizado. No quiero decir con ello que el verdadero revolucionario tenga que ser una figura triste, agria, aburrida, taciturna. Desde luego, no le vamos a regalar la alegría al enemigo. Y es verdad que esa absoluta multiplicación de los códigos y ese estallido polimorfo de los estilo de vida pueden ser una liberación con respecto a marcos axiológicos asfixiantes y rígidos, es cierto; pero también es verdad que casi inmediatamente después dichas energías liberadas son inscritas en el registro de la apropiación mercantil, y semejante plétora de singularidades acaban siendo deglutidas por la dinámica de la mercantilización de todas las relaciones humanas. Es cierto que podríamos celebrar este carácter proteico de nuestros estilos de vida como una liberación con respecto a viejos constreñimientos culturales homogéneos y tiránicos, pero a la vez seamos conscientes, como nos enseña magistralmente Luis Enrique Alonso, de que en la era del consumo posmoderno son las diversas ingenierías de marketing las que configuran un espectro amplísimo en el que el consumidor se ve interpelado y excitado por una gama veloz y rutilante de reclamos, posibilidades, imágenes, seducciones. Se trata de una orgía promiscua de signos y modelos dispuestos para ser deseados, consumidos y desechados en un bucle imparable que alimenta la reproducción del capital. Este eclecticismo existencial de las formas de vida posmodernas, por lo tanto, emerge desde las entrañas mismas del capitalismo posfordista tardío. Esto que digo puede ser asumido y abordado de muchas maneras, pero me parece inobjetable la tesis que insiste en comprender “la explosión de la diversidad polisémica” tan celebrada por los teóricos posmodernos de la cultura como la característica ineludible de unos hombres y mujeres que viven bajo el fragor de un régimen socioeconómico hiper-consumista. Y ojo, yo celebro que algunas categorías estéticas o sexuales hayan estallado en un caleidoscopio móvil y escurridizo, porque ahí pueden albergarse liberaciones genuinas y auténticas, por supuesto. Pero me niego a creer que la culminación de la promesa ilustrada moderna se escenifique en esa cultura hiper-consumista donde nos “liberamos” consumiéndonos mercantilmente a nosotros mismos, a los demás y al propio mundo.

 Un arte subversivo tiene que producir contra-hegemonía conectando con las categorías del sentido común de la gente de la calle, y ello no significa necesariamente rebajarse a la banalización y a la comercialización

 

M.C: Te traslado una pregunta que tú mismo te haces en tu artículo: ¿Qué tipo de identidad puede ser construida en ese mundo hiperconsumista? ¿Cuál es la salida para aquellos que no deseen convertirse en un engranaje del sistema y en seres fragmentados, irónicos, posmodernos?

Pobreza en EspañaJ.P.B: No tengo muchas respuestas a esa cuestión, entre otras cosas porque en esto tampoco se puede descubrir la pólvora. Y es por eso que si tengo que esbozar algún simulacro de respuesta, me pondría muy clásico: cultivar la philia aristotélica y cultivar la política. Sólo así, en efecto, se puede empezar a resistir en la medida de lo posible al nihilismo economicista, fortaleciendo los lazos humanos, desmercantilizando espacios de encuentro con los otros, preocupándonos conscientemente por lo común, peleando contra la explotación y contra el dominio de unos pocos sobre la mayoría. César Rendueles, en un libro aparecido recientemente, estudia críticamente todo ese espectro de fenómenos que tienen que ver con la revolución digital, la ideología de la comunidad en red, la liberación en la hiperconectividad etc., y entiende que la utopía postpolítica de la posmodernidad también ha pretendido encontrar en todos esos elementos la realización suprema de la democratización comunicacional y una suerte de cancelación final de las grandes contradicciones de la vida moderna. Es cierto que el ciberactivismo puede utilizarse como una herramienta de comunicación política, que en verdad puede ser muy potente; tampoco podemos incurrir en un romanticismo tecnofóbico. Pero la “Democracia 2.0” es una fantasmagoría, y la revolución no acontecerá en las pantallas de los ordenadores y de los iPhone. Rendueles entiende que esto es poco menos que una puerilidad y una fantasía, pues la revolución digital no facilita sustancialmente la emancipación real y política de los excluidos, ni promueve relaciones sociales de cuidado y ayuda mutua, ni suprime la explotación económica de los países de la periferia ni, en suma, diluye las grandes contradicciones inherentes a una sociedad de mercado desbocada. Y ojo, tenemos que terminar de escapar ya de la gran “trampa postpolítica” y darnos cuenta de la mayor impostura pergeñada por todos los doctrinarios del liberalismo económico, esa impostura decisiva que nos quería convencer (y vaya si lo consiguió) de que lo económico era un “asunto técnico” y nunca ideológico. ¿Qué implicaba esto? Nada menos que sacar todos los postulados de la teoría económica ortodoxa del ámbito de lo discutible, opinable y modificable. Nos dijeron que los postulados de la economía son científicos, axiomas técnicos no sometidos a discusión, un terreno en el que no debe entrar la disputa política. Los dogmas económicos, que delimitan el campo de lo posible, no entran en la esfera pública, pues son procedimientos neutros y realidades técnicas indiscutibles a las que todos han de someterse y con las que todos deben contar. Pero esto es un puro mito, pues nada hay más político que la economía. Me permito aquí citar literalmente a Slavoj Zizek, cuando dice: “Precisamente por esto, porque la economía despolitizada es la ignorada fantasía fundamental de la política postmoderna, el acto verdaderamente político, necesariamente, supondría re-politizar la economía”. Y mientras hacemos todo eso, y sin que nos roben la alegría a pesar de los pesares, quizás vayan emergiendo un mundo algo más habitable, una economía más humana, una sociedad menos corroída y corrosiva y una subjetividad menos fragmentada.

M.C:Una de las características del período posmoderno que apuntas es la de la “incertidumbre”: no hay nada sólido, duradero. La actual situación del mercado laboral: trabajos temporales, inseguridad jurídica, etc., ¿trabaja también en esa dirección? ¿Es causa o consecuencia del mundo posmoderno?

Jorge Polo Blanco: Creo que para atender a esta cuestión hemos de situarnos en una mutación producida dentro del modo de producción capitalista, que se concreta en la transición desde un régimen de acumulación rígido y fordista a un régimen de acumulación flexible y posfordista. Todo esto es un proceso muy complejo, claro. Pero podríamos aseverar que la inflexión cultural posmoderna se incardina en esa transformación, por la cual se pasa de un capitalismo estático y estandarizado basado en la producción en serie a un capitalismo fundamentado en el hiper-consumo diversificado y productor de una demanda ecléctica y volátil. La estética posmoderna que celebra lo inestable, lo efímero, lo insustancial, reside en esa mutación. El flujo del consumo produce una ontología blanda dentro de la cual las cosas no tienen tiempo de arraigar, ya que son sustituidas por otras de manera inmediata. Este consumismo, digamos, además de producir unos marcos axiológicos y estéticos determinados, produce también un determinado “régimen del aparecer de las cosas”, y este régimen se caracteriza por la aceleración fugaz y el reciclaje permanente. En este contexto, la gramática del mundo apenas se sostiene y se deshace en jirones. Semejante contexto se traduce en una “corrosión del carácter”, como enuncia Richard Sennett, toda vez que las biografías estables se tornan inviables en estos contextos de permanente flujo e indeterminación. Pero esa personalidad diversificada en múltiples e inconexos flujos de deseo es el receptáculo perfecto para una producción de mercancías no ya en serie y estandarizada, sino hiper-diversificada. Lo que yo sostengo es que esa radical aleatoriedad líquida que festeja la posmodernidad es producida y sostenida por la morfología del capitalismo posfordista. Y, evidentemente, al mismo tiempo también se produce una corrosión de la subjetividad estable en el mundo del trabajo, ya que se transita desde un capitalismo vertebrado por mercados relativamente estables a otro definido por la volubilidad espasmódica de mercados muy fragmentados y cambiantes. Esto produce una transformación radical en los discursos empresariales y en la organización del trabajo, pues ahora se demandará un tipo de trabajo distinto: del trabajador cualificado para desempeñar una función estable durante toda una vida se pasa al trabajador flexible, líquido, fácilmente reciclable, adaptable y desechable. La identidad laboral queda deshecha en un marasmo de aleatoriedad heteróclita y contingencia indefinida. Lo que hoy sirve un minuto después ya no sirve, y las biografías tampoco encuentran ya una gramática estable en el mundo del trabajo. Otro marcador de certeza que se hunde. La acción sindical, en este contexto, se torna cada vez más complicada, y sólo resiste una organización potente de la clase trabajadora en los pocos centros industriales que subsisten en Occidente (precisamente porque son todavía centros de trabajo de tipo estable/fordista), mientras que dicha acción sindical es mínima o inexistente en los centros de trabajo del sector servicios (mayoritario), que son flexibles/posfordistas). Uno de los dilemas y de los retos de la izquierda es, precisamente, cómo asumir esta problemática; es decir, cómo incluir en un proyecto emancipador y anticapitalista a una fuerza de trabajo líquida, precarizada, fragmentada, flexibilizada, posfordista. Gente como Paolo Virno ha reflexionado bien sobre todo esto. Porque desde luego, esta fuerza de trabajo líquida sigue siendo fuerza de trabajo asalariada y, en un sentido analítico marxista, siguen siendo proletariado o clase obrera. Pero a nivel político, los esquemas organizativos y estratégicos habrán de ser distintos a los empleados en la era fordista, pues el mundo del trabajo ha cambiado. Lo que no ha cambiado es, en cambio, el carácter depredador del capitalismo, el cual, por cierto, en Bangladesh sigue siendo muy fordista. Bueno, miento; toda la producción deslocalizada que se extiende por “todos los Bangladesh” que circundan el planeta no puede definirse ni siquiera como fordista, ya que en todos esos países la legislación laboral es irrisoria y la acción sindical o está prohibida o es ínfima; no, ese capitalismo es, ahora, en el 2013, decimonónico, “manchesteriano”, dickensiano, y está ahí. Porque mientras nosotros nos hacíamos líquidos, fragmentarios, posmodernos y posfordistas, allí el capitalismo explotaba con la misma rudeza desalmada que había empleado con nosotros, los europeos, cuando éramos todavía modernos.

Del trabajador cualificado para desempeñar una función estable durante toda una vida se pasa al trabajador flexible, líquido, fácilmente reciclable, adaptable y desechable.

M.C: Entre las cosas que también se consumen a toda prisa señalas las relaciones afectivas: ¿Cómo está afectando el post-capitalismo a la vida familiar, sexual, amorosa?

J.P.B: Por supuesto, la mercantilización permea de una manera cada vez más extensa e intensa todos los resquicios de nuestra existencia social y todos los ángulos de nuestra vida íntima, familiar, amistosa, amorosa. Desde hace ya mucho tiempo hay un desplazamiento léxico y semántico que nos hace entender como naturales expresiones del tipo “capital humano”; el ser humano es contemplado, bajo ese prisma, como una mera función económica de la que extraer el máximo provecho y la máxima rentabilidad. Es esto que nos comentan de ser “empresarios de nosotros mismos”, que es algo así como poner todos los rasgos de nuestro carácter, de nuestra inteligencia, de nuestra personalidad, a funcionar económicamente. Todo ese racionalismo economicista se ha instalado en el sentido común de la gente, en el imaginario de toda una época, y la racionalidad maximizadora y productivista penetra en casi todos los ámbitos de la existencia. Estoy ya terminando de escribir una tesis doctoral que intenta desentrañar, a través de la obra de Karl Polanyi, esta totalización económica de la vida humana por la que todos los lazos humanos van quedando cada vez más reducidos a una escala económico-técnica. De este nihilismo economicista me advirtió el profesor Juan Bautista Fuentes Ortega, en el cual se inspiran algunas de mis intuiciones, y ello a pesar de no compartir todo el recorrido de su diagnóstico, pues él impugna y hace una enmienda a la totalidad del pensamiento moderno. En cualquier caso, y a pesar de que ese economicismo se enseñorea con pavorosa eficacia, el proceso de disolución de lazos no-económicos todavía no se ha completado. Si así fuera, la sociedad misma se habría disuelto y toda comunidad humana se habría tornado ya inviable. No, el mundo todavía es habitable, a pesar de todo, y todavía perviven lazos humanos no mercantilizados. Cuando un amigo me invita a cenar y, al despedirme, le digo “te debo una cena”, ese debo no es un deber contable-mercantil. Cuando cuido a un familiar enfermo no lo hago a cambio de esperar una contraprestación económica. Cuando ayudas a un amigo a hacer una mudanza no lo haces como una acción utilitaria de la que esperas extraer un provecho posterior. Cuando una madre juega con su hijo pequeño no está realizando un acto productivo. Incluso me atrevo a decir que en la labor de muchos médicos, profesores, bomberos, y a pesar de ser actividades remuneradas con una renta, se alberga un componente que no se deja reducir por completo a la remuneración monetaria. Hay algo ahí, operando, que no se corta a la escala de lo utilitario, sino que se dirige al propio reforzamiento de los lazos humanos; algo de eso que los antropólogos denominan “reciprocidad del don” subsiste y pervive todavía hoy, incluso en nuestras formas de vida insertas en las sociedades más profusamente mercantilizadas de la historia de las civilizaciones humanas. Todavía el mundo de los hombres, incluso en esta época de máximo apogeo de racionalismo economicista, alberga gestos anti-económicos, improductivos, anti-utilitarios y subsisten elementos de reciprocidad y colaboración todavía no anegados por la lógica económica, todavía no subsumidos en la función económico-maximizadora omnipresente.

M.C: Teniendo en cuenta que tu libro fue escrito en 2010 resulta interesante leer algunos aspectos sobre los llamados “Mercados” que hoy tenemos ya por ciertos: su poder sobre los estados, su fagocitación de todo tipo de relaciones o derechos,… pero hay un aspecto que señalas que todavía da más miedo si cabe y es el de que esos mercados pueden estar no rigiéndose, ni siquiera, por una ley interna. Es decir, que lo que hacen lo hacen sólo por la atracción del corto plazo y que quienes de verdad parece que nos gobiernan no han hecho una evaluación del futuro al que nos llevan. Dicho de otro modo: no nos llevan a un futuro peor ni mejor, simplemente, avanzan, sin saber hacia dónde.

Perfiles posmodernos
Libro de Jorge Polo “Perfiles posmodernos”

J.P.B: Es imposible no responder a esta pregunta acudiendo a Walter Benjamin, el marxista heterodoxo, que nos decía en sus tesis sobre la filosofía de la historia que el socialismo, lejos de tener que ser comparado con la “locomotora de la historia” debería ser equiparado al “freno de emergencia” de dicha historia. En efecto, el capitalismo es un sistema económico que tiene que crecer indefinidamente para poder sobrevivir, y esa reproducción siempre ampliada es simplemente una anarquía enloquecida cuyo objetivo es acumular capital para al día siguiente volver a acumular más capital todavía. Semejante mecanismo, que no atiende más que a su lógica inmanente de reproducción ampliada, puede arrastrar al orden social al puro desastre humano. Pero es que, además de ser un sistema explotador, antropológicamente corrosivo y ecológicamente insostenible, además de todo eso, es un sistema económico incompatible con la democracia. La “tiranía de los mercados” sobre el poder político así lo demuestra, y esto ya lo supo ver Karl Polanyi. Qué razón llevan Carlos Fernández Liria y Luis Alegre cuando insisten una y otra vez, y de una manera bastante fundada, en el gran error cometido por la tradición marxista cuando regaló el concepto “democracia” al enemigo, en vez de destacar la incompatibilidad de capitalismo y democracia; o cuando Antoni Domènech comenta ese fementido oxímoron, “democracia burguesa”, lamentablemente manejado durante décadas por los marxistas; o cuando Gerardo Pisarello nos cuenta la derrotas históricas de la democracia radical-plebeya a manos de unas clases dominantes que siempre secuestraron ese poder democrático popular para no perder ni un ápice de su poder económico. Hemos de recordar que Robespierre concebía una diferencia sustancial entre la “economía política tiránica”, la de Turgot, Say, Bastiat y tantos otros, y la “economía política popular”, que es aquélla que concibe una institucionalidad republicana que, por encima de los intereses del comercio y la empresa privada, e interviniendo activamente en éstos si es menester, garantiza la existencia material de sus ciudadanos. Hubo por lo tanto una ilustración vencedora y otra ilustración derrotada, y fueron “los economistas” los que derrotaron a los “robespierreanos”, por así decir. En efecto, democracia es control popular sobre las decisiones económicas que nos atañen a todos, democracia es sometimiento de los poderes económicos a un poder legislativo elegido y controlado popularmente, democracia es la cristalización de derechos, normas e instituciones que favorezcan las condiciones materiales de vida de la mayoría social en directo detrimento de las oligarquías económicas. Evidentemente la derrota no fue completa, y si todavía hoy tenemos (al menos de momento) una serie de legislaciones laborales y sociales mínimamente protectoras es porque esa “ilustración robespierreana derrotada” obtuvo en cambio sucesivas victorias parciales, de la mano del movimiento obrero y del movimiento político socialista en sus diversas formas, que con uñas y dientes (y muchos muertos) fueron capaces de arrancar algunas concesiones importantes a la clase económica dominante. Y en estos momentos la tarea que tenemos, por lo tanto, es volver a re-significar el concepto “democracia”, disputárselo al enemigo, como dice Pablo Iglesias Turrión. ¿Cómo va a ser democrático que el parlamento esté supeditado a lo que decidan organismos financieros internacionales que no se han presentado a las elecciones y que no están sujetos a fiscalización pública? En un contexto, además, en el que el Estado-nación como fuente de una soberanía anclada territorialmente va perdiendo capacidad de decisión y control, enteramente supeditado a las dinámicas ingobernables de los todopoderosos mercados financieros, el concepto clásico de ciudadanía empieza a quedar reformulado en el contexto de un capitalismo global triunfante, como apuntaba Saskia Sassen. ¿Cómo va a ser democrático que los Presupuestos Generales de un Estado, y toda la política económica de un país en general, esté diseñada, dirigida y determinada por unas élites financieras que están dispuestas a empobrecer a un país entero con tal de cobrar los intereses de su deuda? En este contexto la soberanía nacional, y no digamos ya la soberanía popular, está enteramente secuestrada. Tenía razón Polanyi cuando advertía que el sistema económico, encarnado en ese mecanismo omnipotente llamado “sistema de mercado”, había de ser de nuevo subordinado a la instancia política; la economía tiránica, que se había emancipado y desgajado en una lógica autónoma, había de ser de nuevo sometida por la norma social y controlada y fiscalizada por las instituciones democráticas. Porque, en efecto, esos “mercados omnipotentes” son esencialmente anti-democráticos si son ellos los que determinan y prefiguran todos los ámbitos de la vida social. Y ojo, que todo esto no sólo lo decimos nosotros, sino que es abiertamente predicado por el enemigo: Hayek, el gran prócer neoliberal, afirmaba abiertamente que un “orden económico liberal” es enteramente incompatible con una “democracia ilimitada”.

Mientras nosotros nos hacíamos líquidos, fragmentarios, posmodernos y posfordistas, en el tercer mundo el capitalismo explotaba con la misma rudeza desalmada que había empleado con nosotros, los europeos, cuando éramos todavía modernos.

M.C: Por otro lado, las ideologías fuertes causaron millones de muertos en el siglo XX, así que habrá quien diga que bendita posmodernidad y bendito pensamiento débil. ¿O la posmodernidad tiene también sus muertos? ¿Quiénes son? Por otro lado: ¿Dejarán España y Europa de formar parte de los países posmodernos, para convertirse en países productos, exportadores y de mano de obra barata?

J.P.B: Exacto, ese es el futuro que las élites económicas quieren para nosotros. Todos somos ya periferia, como comentaba antes. Muchos análisis han caracterizado al capitalismo posindustrial con una serie de notas que tienen que ver con lo virtual, con lo especulativo, con lo intangible, con la gestión de capital simbólico, el poder de las marcas etc. Se trata de un capitalismo que, en Occidente, se desterritorializa, se deslocaliza. Digamos que una gran parte de la producción material se traslada a los países periféricos subdesarrollados y nosotros nos quedamos con la imagen, que es lo que el consumidor occidental desea y adquiere. Lo dice Zizek, y yo lo comento al principio del libro: se produce una inversión por medio de la cual ya no es la imagen la que representa al producto sino que, más bien, es el producto el que representa a la imagen. Y lo que yo deseo y consumo es esa imagen, que encarna una serie de ideas, connotaciones, valores. Deseo y consumo significantes, y el producto material es sólo el vehículo para obtener lo que esa imagen-significante representa. Bien, es certero este análisis. Pero no nos emborrachemos tampoco con esta sociedad del hiper-consumo semiótico, ya que detrás de todo ese universo de mercancías intangibles está la maquinaria productiva real, las subcontratas de las grandes empresas transnacionales, toda la dominación engrasada y ensangrentada de los sectores textil, electrónico etc. En la trastienda periférica del sistema-mundo capitalista la explotación laboral es más salvaje que nunca; esta economía virtual, especulativa, financiarizada, que circunda el planeta a la velocidad de la luz, los fondos de capital riesgo, la red cuasi-atmosférica de una economía-clima intangible e incontrolable por los Estados y los Parlamentos, todo esto, sigue cobrándose sus víctimas, por supuesto; en el juego de todo este aparato del capitalismo tardío sigue habiendo explotados, excluidos, perdedores. En el interior de los llamados “países avanzados” hablamos de los excluidos de la orgía consumista, de los parados, los subproletarios, de los pobres expulsados de por vida del mercado laboral y de un acceso mínimo a la condición de ciudadanía. Éstos son millones. Y centenares de millones son, por supuesto, los que componen la mano de obra barata que se consume como carne de cañón en los países de la periferia. Y ojo, porque la división internacional del trabajo, en la actual crisis sistémica, empieza a reconfigurarse; y en este proceso las élites financieras han determinado un nuevo papel periférico también para los países del sur de Europa. Se trata de precarizar al máximo un mercado laboral que ha de suministrar mano de obra hiper-barata y de desarticular todo el aparato estatal de protección social a través de un arma criminal y potente llamada “deudocracia”, que sirve para pagar los intereses de la gigantesca e impagable deuda de las oligarquías bancarias de los países dominantes y para anular, de paso, toda efectividad y empoderamiento de la soberanía popular, reduciendo la democracia a un mero ejercicio procedimental que en realidad ya no decide nada, poniendo los destinos comunes en manos de una tecnocracia político-financiera que dirige al margen de toda institucionalidad republicana. Asistimos, en definitiva, a una ofensiva brutal de las oligarquías político-económicas, que están dispuestas a arrasar con todas las conquistas laborales, sociales y democráticas alcanzadas durante el siglo XX con tanto sufrimiento y esfuerzo. Creo que el siglo diecinueve llama a nuestras puertas, y cuando ese siglo esté ya en nuestro umbral, el juego posmoderno nos resultará una puerilidad onírica.
Con todo lo anterior, parece que la posmodernidad fue casi una trampa preparada: primero despolitizar para después volver a someter, a empobrecer.

Democracia es control popular sobre las decisiones económicas que nos atañen a todos, democracia es sometimiento de los poderes económicos a un poder legislativo elegido y controlado popularmente, democracia es la cristalización de derechos, normas e instituciones que favorezcan las condiciones materiales de vida de la mayoría social en directo detrimento de las oligarquías económicas

Yo no lo conceptualizaría como una “trampa”. No. No creo que en política haya “traiciones” o “conspiraciones” que expliquen el devenir de los grandes acontecimientos; con semejantes conceptos explicamos pocas cosas. Lo que sí hay son derrotas, proyectos derrotados. La izquierda siempre tiene lo que yo denomino la “tentación de la traición”: cuando nuestro proyecto se hunde, cuando el enemigo nos vence porque ha sido más fuerte y más inteligente, acudimos a una secreta traición tramada por no se sabe quién, y encontramos en dicha confabulación desdichada la quiebra de un proyecto que estaba destinado a ser inmejorable. Prefiero entender que lo que pasó es que no se tuvo, no tuvimos, la fuerza suficiente para vencer. Por supuesto, hay traiciones desde el punto de vista biográfico, traiciones individuales, pero una vez nos instalamos en el punto de vista de los grandes procesos históricos lo que hay son victorias y derrotas. Y la posmodernidad no fue una conspiración intencionada, sino el síntoma, precisamente, de una derrota. Por supuesto que algunos autores han sido especialmente cínicos, pienso en Rorty. Pero también hubo gente que, sinceramente, se sumergió en las coordenadas posmodernas para resistir y para combatir al sistema político-económico dominante, y alguno de ellos podrá quizás leerme y abominar de las tesis que defiendo. Pero creo que la posmodernidad ayudó poco a forjar resistencias eficaces contra la ofensiva del capital, y las ideas y valores que impregnaban el universo cultural posmoderno ayudaron en buena medida a desbaratar toda conciencia de resistencia. La licuación de las identidades políticas fuertes, el cortocircuito de todo sistema potente y fundamentado de explicación del sentido histórico, el desfallecimiento de los sujetos de acción colectiva, la individuación despolitizada y el deseo sumido en la mercantilización…son todos síntomas de una derrota y, por lo tanto, de una victoria. Esa victoria fue la de una sociedad de mercado ultraconsumista que nos desarmó… pero ahora el juego político vuelve a recobrar vigor a través de esta brutal crisis sistémica del capitalismo, que es también una crisis del sistema democrático y, por lo tanto, una crisis de civilización. Qué ingenuo suena ya aquel Fukuyama con su ridícula tesis del “fin de la historia”. La historia, en estos momentos, hierve en todas las direcciones, y los proyectos políticos en lid pugnarán con fuerza. Pero si, una vez más, salimos derrotados, no podremos apelar a la traición; si una vez más perdemos será porque no supimos acumular todas las fuerzas que eran necesarias para doblar el brazo al enemigo.

Se trata de precarizar al máximo un mercado laboral que ha de suministrar mano de obra hiper-barata y de desarticular todo el aparato estatal de protección social a través de un arma criminal y potente llamada “deudocracia”

JORGE POLO BLANCO RECOMIENDA: libros para entender qué es la posmodernidad

Alonso, L. E.: La era del consumo, Siglo XXI, Madrid, 2006.
Anderson, P.: “Modernidad y revolución” en El debate modernidad-posmodernidad, Puntosur, Buenos Aires, 1989.
Bauman, Z.: La posmodernidad y sus descontentos, Akal, Madrid, 2001.
Boltanski, L.; Chiapello, E.: El nuevo espíritu del capitalismo, Akal, Madrid, 2002.
Eagleton, T.: Las ilusiones del posmodernismo. Paidós, Buenos Aires, 1997.
Featherstone, M.: Cultura de consumo y posmodernismo, Amorrortu, Buenos Aires, 1991.
Harvey, D.: La condición de la posmodernidad. Amorrortu, Buenos Aires, 1998.
Jameson, F.: El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, Paidós, Barcelona, 1995.
LipovetskY, G.: La era del vacío, Anagrama, Barcelona, 2002.
Rorty, R.: Ironía, contingencia y solidaridad, Paidós, Barcelona, 1991.
Sennett, R.: La corrosión del carácter, Anagrama, Barcelona, 2000.
Vattimo, G.: La sociedad transparente, Paidós, Barcelona, 1996.
ZizeK, S. A propósito de Lenin. Política y subjetividad en el capitalismo tardío. Atuel/Parusía, Buenos Aires, 2004.

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16 comments

  1. Jorge, ya te felicité después de leer tu estupenda entrevista, pero surgida la posibilidad de que me toque tu libro, repito y extiendo aquí, en Mundo Crítico, mi enhorabuena. Da gusto pensar (y también da algo de envidia) que con apenas 30 años seas capaz de viviseccionar el tiempo que nos ha tocado vivir con tanta lucidez y precisión.
    Y para que vayas preparado al próximo encuentro en el que coincidamos, ves pensando sobre el arte suberviso que mencionas, porque es un tema que me interesa sobremanera.
    Mi más sentida enhorabuena una vez más a ti y a la revista, y que nos veamos pronto.

  2. Comparto la mayoría de los análisis realizados por Jorge, lo que no tengo tan claro es “La izquierda siempre tiene lo que yo denomino la “tentación de la traición”: cuando nuestro proyecto se hunde”, y responde de pasada sobre los tipos de traiciones dejando de lado una que para mi es fundamental ” la traición ideológica” que muchísimas veces se da en partidos de izquierda cuando se gobierna en coalición, haciendo gala de un pragmatismo que en ocasiones raya la deslegitimación..

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