María Ángeles Quesada La virtud de pensar

María Ángeles Quesada: “ya no conversamos. Sobre todo, buscamos siempre un beneficio en nuestros intercambios”

La virtud de pensar (Berenice, 2021) aborda de manera directa y amena en qué consiste el pensamiento crítico y cómo impulsarlo y cultivarlo.

La virtud de pensar (Berenice, 2021) aborda de manera directa y amena en qué consiste el pensamiento crítico y cómo impulsarlo y cultivarlo.

Su autora, María Ángeles Quesada (Murcia, 1981) es filósofa, experta en pensamiento crítico y diálogo socrático. Fue investigadora del CSIC sobre tecnologías convergentes y su impacto filosófico.

Comprometida con la difusión de la filosofía en la sociedad y firme defensora de aprender a pensar y a dialogar, cofundó en 2011 el proyecto Equánima www.equanima.org, una organización filosófica que busca mejorar las habilidades de pensamiento de las organizaciones y los ciudadanos, en la que actualmente ocupa el puesto de CEO.

María Ángeles, ¿cómo ha recibido la noticia de los cambios recientes que afectan a la filosofía en el currículum de secundaria? ¿Qué evaluación hace?

Desgraciadamente no me sorprende. Es una pena la gestión de nuestro sistema educativo por parte de los diferentes partidos y el currículum que se acuerda, perjudicando a alumnos, profesores y sociedad entera. A mí me parece insólito que la filosofía no esté en el sistema como algo troncal desde los 4 años. En Francia o Reino Unido, por ejemplo, existen programas de filosofía en primaria e incluso antes con muy buenos resultados. Yo misma practico la filosofía con mi hija de cinco años y empecé a hacerlo cuando ella tenía tres. Funciona, les ayuda a ordenar su pensamiento, a cuestionarse (más si cabe) y desde luego a no cortar el sentido filosófico que los niños desarrollan de manera natural. Aprenden a potenciar su mirada más allá de lo obvio, a ser capaces de argumentar, a ser más creativos con sus ideas, a entender lo que les pasa y lo que pasa. Para mí la educación, y más en etapas tempranas, debería consistir en aprender lo básico para una buena vida, que es además lo más difícil y por tanto nos lleva toda una vida: a pensar, a conversar, a sentir. Desde luego quien programa estas reformas ha sucumbido por completo a la sociedad de la solución y a una racionalidad instrumental.

¿Hay un imperio de lo técnico en la educación? ¿Se nos ha convencido de que no sirve de nada estudiar carreras humanísticas porque después no se consigue un buen empleo?

Precisamente, para explicar lo que acabo de comentar, ese imperio técnico tendría que ver con la racionalidad instrumental y con la sociedad de la solución. Se nos convence de que somos seres cuyo sentido es producir, trabajar eficazmente, solucionar problemas y maximizar nuestros beneficios, en particular los económicos. Se nos dice que nuestro pensar es bueno si soluciona, si somos resolutivos (como nos gusta poner ahora en los CV). Somos valiosos para este sistema si desplegamos habilidades técnicas concretas útiles para vender más. Y, además, nos creemos los más poderosos con esa razón, superiores a todos los seres del planeta; creemos que todo tiene solución, una solución técnica que el ser humano encontrará. ¿Cómo hemos llegado a reducir tanto la vida? ¿Cómo hemos llegado a una perspectiva tan limitada de nuestra racionalidad? Pero, claro, ahora el mundo nos obliga a mirar los daños que causamos a un planeta que nos acoge, nuestra salud mental se resiente, no hemos aprendido a pensar, a sentir, a conversar. Chocamos con los otros, nos peleamos, sufrimos con la incertidumbre, nos cuesta comprender la complejidad y nos manipulan sin cesar. Qué paradoja que, por otro lado, aunque la sociedad apoye esa racionalidad instrumental también nos pida de pronto: sé sensible, empática, ten capacidad de escucha, piensa críticamente. Nos convence de la inutilidad de saber lo humano pero desesperada lo pide a la vez. Quitemos el ruido y centrémonos en eso básico, que será lo que nadie nos pueda quitar, ninguna moda del mercado de trabajo, ninguna tragedia o pandemia… Al fin y al cabo, ¿quién no querría a quien escucha bien, piensa bien, dialoga bien, sabe sentir, etc., en su empresa? Lo veo todos los días por mi trabajo con organizaciones. Hay una vuelta lenta pero segura a las humanidades en el mundo de la empresa. Estoy involucrada en proyectos donde CEOs y profesionales muy técnicos desean y necesitan conocer humanidades: historia, filosofía, poesía, etc. Nos estamos dando cuenta de que nos estamos arrancando una parte muy preciada de nuestro ser.

Muchos en la sociedad reconocen la importancia de la filosofía, pero da la sensación de que luego, a la hora de comprar libros o asistir a charlas, la filosofía sigue un poco huérfana de público. ¿Hay postureo en su defensa?

Yo no vivo esto exactamente. La sociedad la demanda y hasta la empresa y la organización la demandan. Pero es cierto que han llegado aquí despacio, después de un periodo de razón instrumental salvaje. No creo que haya postureo en su defensa, más que el que puede haber en otras defensas de las que se hacen eco los medios. Pero también diré que la filosofía no es de nadie y siempre las personas podrán tener acceso a ella, desde dentro de ellas mismas y gracias a personas que la aman y la divulgan. Comparto la filosofía y su defensa con mucha gente, de diversas profesiones, de diversos entornos, todos se acercan a ella desde lo que son. Y hasta pagan por ella. Pero en una sociedad de razón instrumental no esperemos que la filosofía llene WiZinks.

¿Tienen miedo quienes legislan a una sociedad con el pensamiento crítico demasiado desarrollado o esto es un tópico?

Desde luego por los hechos podríamos decir que sí. Pero lo que creo es que quienes lo bloquean en la educación ni siquiera comprenden en qué consiste el pensamiento crítico. Brilla por ausencia en todos los niveles sociales, políticos y legislativos. Los debates de esos que legislan son pura falta de pensamiento crítico: no se practica la argumentación y, si se intenta, la mayoría de las veces se emplean falacias (por ejemplo, se ataca a la persona no a la idea, se distrae con otro tema, se ridiculiza la postura del otro, etc.). Las más de las veces nuestros legisladores solo exhortan y no dan razones, no se cultiva el tiempo para escuchar, entender y pensar. Hay que opinar y posicionarse cuanto antes. No se practica la pregunta o el “no lo sé, no se recocen abiertamente los sesgos que uno puede estar aplicando a su enfoque. Se definen mal los problemas que se abordan, porque lo que importa es que la solución esté bien presentada y convenza a muchos. Se piensa desde una ética sesgada, una ética instrumental derivada de esa racionalidad instrumental que comentábamos. Y, desde luego, no se crea con los demás en un verdadero diálogo. Yo diría que los que legislan no es que no quieran que los demás tengamos pensamiento crítico porque lo atesoran para ellos como privilegio, sino que tienen tanto desconocimiento de lo que es y para lo que sirve que lo ningunean. Estaría bien que la sociedad se comenzara en empoderar en él, así podríamos tener una ventaja considerable sobre los que legislan.

Usted habla del proceso de filosofar como un proceso no meramente racional, sino también creativo, con un punto de intuición. Sin embargo, intuitivo no es irracional, ¿correcto?

Yo defiendo una razón más amplia, un nuevo concepto de razón. Hemos entendido al ser humano como poseedor de una razón y un mundo emocional separados, donde las emociones estorbaban para la buena toma de decisiones. También el cuerpo se considera algo diferente a la mente y queremos gobernarlo para nos dé el máximo rendimiento. Esto no se sostiene, ni siquiera desde la neurociencia. El cuerpo piensa, pensamos con todo lo que somos. La razón es sensible, por eso me gusta el concepto de razón poética de Zambrano. El pensar bien para mí consiste no solo en analizar sino también en comprender, no solo en argumentar también en ser capaz de intuir de forma clarividente. Y la intuición podemos entenderla aquí como ese conocimiento que se va adquiriendo con el tiempo, también por la evolución, que nos hace acertar rápidamente en ciertas situaciones, como aquel experto en arte que reconoce una obra auténtica en segundos o como esa sensación que te hace cambiarte de acera por la noche. Este tema daría para mucho, porque también podemos caer en los sesgos. En general, no tengo recetas mágicas para esto, hay que aplicar el cuestionamiento siempre para poder distinguir cuándo algo que aparece de forma rápida como la buena decisión es un sesgo que nos enjaula y cuándo una intuición certera y clarividente. Pero desde luego mi visión de la racionalidad es sensible, ética, intuitiva, corporal, intercomunicativa. En el libro desarrollo más estas ideas. En resumen, la intuición desde un buen autoconocimiento es clarividente y certera muchas veces, no la catalogaría de irracional. Aunque los límites de la racional y lo irracional darían en sí para otro libro…

Usted otorga una gran importancia al pensamiento colectivo, una suerte de inteligencia colectiva. ¿Un reto en un mundo cada vez más individualista e individualizado? ¿Qué ventajas ofrece ese pensar colectivo?

Creo firmemente en el diálogo. Todos hemos experimentado la enorme felicidad, el mayor autoconocimiento y la sensación de avance en el saber que nos proporciona una buena conversación. Sin embargo, ya no conversamos. Sobre todo, buscamos siempre un beneficio en nuestros intercambios. La conversación no debe supeditarse a esa búsqueda egoísta, si no, no es un verdadero diálogo. Y aunque puede que no todas las comunicaciones tengan que ser verdaderos diálogos, desde luego, para muchas cosas los necesitamos. Bauman, el gran filósofo que describió la sociedad líquida de nuestros tiempos, murió insistiéndonos en esta idea: el reto de nuestras sociedades es aprender a dialogar. ¿Cómo vamos sino a lidiar con los problemas complejos a los que nos enfrentamos, con la diversidad de culturas, con las diferencias y la polarización? ¿Cómo vamos a vivir bien si ahora solo tuiteamos en vez de dialogar? Las redes no fomentan el diálogo pese a lo que se pudo pensar en un primer momento. Fomentan el aislamiento en tu propia opinión, donde eres el dictador de tu propio dogma. No hay tiempo, ni espacio, ni el interfaz fomenta la dinámica conversacional. Ya no hablamos con extraños, porque tenemos un dispositivo en el que encerrarnos, un montón de entretenimiento totalmente parcial donde sumergirnos y porque además es peligroso (el otro nos contagia, es enemigo, etc.) Sin embargo, nos encanta crecer en la conversación, nos sigue dando placer.  Cuando hago diálogos con jóvenes, no veas las ganas que tienen de expresarse, de hablar de los temas tabú, de conocer lo que piensan sus compañeros. Qué hambre tenemos de dialogar. Lo veo también en mis grupos de diálogo y cuando lo hago en los equipos en las empresas. Es maravilloso, con un poco de orden y unas reglas básicas y cambiando el enfoque (suspendiendo el juicio constante y dándonos espacio, apartando el ego y enfocándonos en buscar la verdad), algo mágico sucede. Creamos con el otro, nos comprendemos, nos acercamos a lo universal, creamos soluciones comunes, descubrimos nuevas cosas que nos sirven para la vida, para nuestras decisiones y acciones diarias. De nuevo, cómo dialogar y construir con los demás en la conversación debería incluirse en la educación desde niños. Así no acabaríamos gritándonos en las reuniones de las comunidades de vecinos. Tengo ganas de experimentar con todo el potencial social que pueden tener los diálogos. Necesitamos crear más diálogos, de todos los temas y con todos. Me imagino a nuestros políticos dialogando en vez de debatiendo y exhortando. Eso sí que sería una auténtica revolución.

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