Quisiera dar un gran rodeo, Henry Miller

En un momento dado del libro, Henry Miller le dice a su interlocutor -el también escritor Michael Fraenkel- algo así como: ayer no sabía qué iba a comer, pero ahora el puchero está borboteando, así que el principal problema del día está solucionado. Ya puedo escribir. Lo que sigue es una larguísima carta en la que Miller deja clara su visión del mundo y de la literatura: “Amo la vida por encima de la verdad, del honor, de los amigos, del país, Dios o cualquier otra cosa”.

Es una lástima que este tomo de “Quisiera dar un gran rodeo” (Malpaso, 2018), titulado más acertadamente en inglés “Hamlet Letters”, no incluya las misivas de Fraenkel, a quien no es difícil imaginar desquiciado y desazonado ante los rodeos de un Miller al que, como él mismo admite, el tema del libro y cualquier teorización seria sobre literatura o cualquier otro tema importa más bien poco.

El proyecto de la obra nació de una conversación en París entre Miller y Fraenkel. El objetivo era escribir un libro entre ambos que alcanzara las mil páginas. El tema era, al menos para Miller, lo de menos, pero como había que elegir uno se eligió Hamlet. Como decía, no se han incluido en la obra las cartas de Fraenkel, pero es posible vislumbrar que estas trataban de ser ordenadas, de explicar la importancia y la influencia de Hamlet metódicamente. Frente a ello, Miller adopta lo que él mismo llama un pensamiento “chino”, que bien podríamos calificar de taoísta. Miller no actúa, se deja llevar: “… el libro no es importante, sino la escritura misma, y ni siquiera ésta, sino la expresión”.

Así, mientras uno de los dialogantes parece describir a Hamlet como paradigma de diversas virtudes, el otro, Miller, lo emplea tanto para atacar a Fraenkel y su supuesta dualidad, como para criticar, en general, a un tipo de hombre tan enredado en la duda y el pensamiento que es incapaz de gozar de su carnalidad:

“¿Quién se imagina a Hamlet encarnado en un cuerpo? Hamlet es pura mente, una dinamo de pensamiento zumbando en el vacío. Nunca se agachó para meter la mano en el cubo de la basura. Es el príncipe del ocio, un adicto al pensamiento y la elucubración futil”.

Henry Miller también aprovecha estas cartas para dar un gran rodeo por otros asuntos para él importantes: la situación de un mundo a las puertas de la segunda Guerra Mundial -pero no se esperen de él grandes observaciones políticas: su visión sería, por definirla de alguna manera, cósmica-; la crítica de algunas películas de cine; una teoría sobre el color o, en la última y más larga carta -eje central del libro e imprescindible para conocer bien qué pensaba Miller en realidad sobre la literatura y su propia vida- una detallada explicación de su pensamiento cultural y filosófico:

“Yo, por mi parte, no creo que nada debería ocurrir: lo que ocurre es justo, creo yo. Ya no acuso a nadie de nada. Acepto plena responsabilidad por todo lo que me ocurre, ya sea justo o injusto. Hay muchas cosas que no puedo controlar, pero lo que no está fuera de mi control es la capacidad para aceptar o no aceptar. Cuando el camino es fácil, avanzo; cuando es demasiado difícil, me siento y dejo que las cosas sigan su curso. Hay cosas que puedo hacer y otras que no; no pierdo tiempo intentando hacer lo imposible, como tampoco derrocho energía luchando u odiando”.

Una obra para los amantes del escritor estadounidense, que hallarán en ella todas sus virtudes (lenguaje y pensamiento provocador, una enorme capacidad de expresión, un flujo verbal torrencial) y también algunos de sus defectos: que nadie espere racionalidad en Miller. Su reino, ya lo sabía él, no era de este mundo.

 

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