Los cairngorms son una cordillera de clima polar en el norte de Escocia. Esta cordillera se convirtió en el refugio de Nan Sheperd, que después de escribir tres novelas de gran éxito en el primer tercio del siglo XX, cayó en un profundo silencio editorial y se dedicó a recorrer estas montañas durante décadas.
Fruto de esos recorridos nace “La montaña viva” (Errata Naturae, 2019), escrita en los años finales de la segunda guerra mundial y abandonada en un cajón durante medio siglo. Un volumen casi psicogeográfico, donde Shepherd da cuenta de sus paseos y experiencias por la cordillera.
La experiencia de la naturaleza, las relaciones entre mente, cuerpo y paisaje, son aquí el valor fundamental de una obra que, como otras en la época (aunque adelantándose años al boom americano en este sentido, que vino con la beat generation) emplea el budismo y el zen como fuente de muchas de las meditaciones. La propia búsqueda del silencio, de la fusión con el elemento natural, relaciona muchas de las apreciaciones de Sheperd con las filosofías orientales.
Así fue como empezó mi viaje hacia una experiencia. Siempre ha sido un viaje por diversión, sin más motivo que mi deseo de hacerlo. Pero al principio solo buscaba una recompensa sensual; la sensación de la altitud, la sensación del movimiento, la sensación de la velocidad […]. No me interesaban las montañas como tales, sino los efectos que causaban en mí. […] Pero al hacerme mayor, y menos autosuficiente, empecé a descubrir la montaña en sí.
Fuera de esos momentos meditativos, el tono es aséptico, en ocasiones frío. Durante párrafos, la autora se limita a dar información detallada, pero presentada como notas de diario, muy telegráficamente, sobre sus diferentes paseos por la montaña. Sobre la vegetación o el paisaje que se puede encontrar en ellas. Son como la oración, el esfuerzo, que precede a la revelación: el viaje hacia la experiencia.
La obra es, en este sentido, menos narrativa y quizás por ello menos atractiva que otras publicadas en la misma colección de la editorial. Es, pese a ello, un buen y primer ejemplo de esa “nature writing” que no ha dejado de crecer en las últimas décadas y a la que Errata Naturae dedica esta colección a la que conviene prestar toda la atención.
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