Encender una hoguera, de Jack London

Reino de Cordelia ha editado tan bellamente como acostumbra uno de los cuentos más notables de Jack London: encender una hoguera.

La obra, traducida por Susana Carral, se acompaña de unos expresionistas dibujos -gelidos, donde el hombre aparece convertido en insertar grisáceo, casi con corteza quebradiza o es una sombra y unas huellas minúsculas en medio del páramo blanco de la página de nieve- a cargo de Raúl Arias.

Tiene, para mí, el mérito está edición de reunir en un solo volumen las dos versiones que existen de este relato, permitiéndonos compararlas. La diferencia que va de la primera en el tiempo (1901, escrita para una revista juvenil) a la segunda, publicada en 1907 y que es el relato ya canónico, es la que hay entre la anécdota y el arte.

Velozmente contada, parca en detalles, realista, sin tratar de penetrar en la psicología del protagonista y, sobre todo, sin contar con el apoyo de ese testigo silencioso y de sapiencia instintiva y milenaria que es el perro -el cual no aparece en esta primera versión- la narración de 1901 es apenas una crónica sobre un momento de dureza, que resulta aleccionador y en cierto modo casi cómico.

La versión definitiva del texto es, sin embargo, una narración oscura y detallista, donde se nos cuenta el lento deslizarse de un hombre valiente, pero sin imaginación, hacia los abismos de la lucha desesperada por la supervivencia. El perro, esclavo fiel pero también obediente al impulso de la supervivencia, se convierte en nuestros ojos en esa lucha y, en cierta manera, en el juzgado moral de la misma.

Un relato crudo, bello y que no realiza concesiones que se ofrece aquí muy bien traducido y bellamente editado

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