Ahora que la presidenta de la Comunidad de Madrid parece querer convencernos de que las vacaciones no son un derecho inalienable, sino una opción y que prosperan los cursos y artículos dedicados a enseñarnos cómo aprovechar nuestras vacaciones (ese tiempo improductivo) para formarnos, trabajar en otras cosas, mejorar nuestra habilidades y otro sinfín de cosas (lo que sea menos parar: de producir, de consumir), parece el momento idóneo de leer y recomendar la lectura de “Movilización total” el pequeño pero interesantísimo ensayo de Maurizio Ferraris (Herder, 2017). Esta obra parte de un hecho común: en pleno fin de semana, o junto a la playa en vacaciones, recibimos un correo electrónico de trabajo, lo leemos y lo respondemos. El trabajo del filósofo italiano se dedica a explicar o tratar de explicar por qué lo hacemos, por qué nos sometemos a esa “llamada”. Para ello, desmonta (deconstruye) todo el proceso que se produce y las variables que actúan en él. Variable que, como señala Ferraris, han logrado el ideal de guerra de Jünger en los años 30: la movilización total. Es decir, un trabajador disponible las 24 horas, dispuesto siempre a participar en el logro de beneficios no propios, sino de su empresa. Obviamente, el concepto marxista de alienación juega aquí un papel muy importante. Pero Ferraris no se detiene ahí. El autor italiano propone una antropología de este nuevo “homo cellularis”, que es una antropología marxista en el sentido de que no se limita a enunciar causas, sino que trabaja para la emancipación de este nuevo ser humano hipertecnificado, consumista e identificado hasta la esclavitud con sus patronos y los objetivos de sus empresas. Pero partiendo de una tesis tan polémica como interesante: que la alienación y la dependencia forman parte constitutiva de la naturaleza humana. Que cuando respondemos, lo hacemos empujados por toda nuestra antropología, por el “animal político” que somos y que teme que no responder suponga quedarse fuera del “aparato”, es decir, del sistema de relaciones sociales que cada individuo se ha encontrado ya construido. Al mismo tiempo que este determinismo, Ferraris mantiene una visión esperanzadora. “Nunca ha habido tanta cultura” disponible como en nuestro tiempo, dice. Y si aceptamos que parte de la labor de la cultura es, además de entretenernos y costarnos dinero cuando no estamos trabajando (un mantra que también hemos aceptado sin rechistar), volvernos más críticos con el entorno y con nosotros mismos, hay motivos para la esperanza. Para confiar en que, después de esta peregrinación por el desierto, descanse el hombre y trabaje la máquina. O, al menos, seamos capaces de articular la crítica necesaria para volvernos conscientes de parte de nuestra alienación.
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