Este libro, “Diario de un incesto” (Malpaso, 2017) provoca una gama de sentimientos que van desde el asco hasta la comprensión, pasando por el asombro, el recelo y hasta la negación. Porque uno no puede, sencillamente, rendirse a la idea de que un padre abuse de su hija desde los 3 hasta los 21 años, y de que ésta sea capaz después de narrarlo con una concisión, una honestidad y una crudeza que consigan que el lector se sienta como asomado a un abismo tan enorme y peligroso como extrañamente atractivo.
Dicho de otra manera, uno no puede creerse que este diario de un incesto sea una obra de no ficción, que no haya aspectos inventados*. Y, de hecho, que sea ficción o no es, a mi parecer, un asunto determinante. Si no lo es, como aseguran sus editores en USA y España, estamos ante un texto catártico, testimonial, que en su crudeza puede servir para comprender un poco mejor al ser humano: a la víctima y al verdugo. Si es ficción, estamos ante una fantasía con algún ramalazo cuasi pornográfico, de calidad literaria media en su estilo, y cuyo mayor logro sería precisamente hacernos dudar de que lo contado no sea verdad: la construcción de la psicología de los personajes: los principales y los secundarios.
El ritmo de la obra, como dictado por la memoria, casi de diván de terapia, no es cronológico: avanzao hacia adelante y hacia atrás en oleajes de recuerdos cargados en ocasiones de un asombroso número de detalles.
“El sexo con mi padre me dejó huérfana”, dice la autora del libro. Quien sin embargo no duda en señalar que, en algunas ocasiones, ella deseaba tanto como su padre ese sexo. Y ese es quizás uno de los aspectos más perturbadores de la obra, la identificación de la víctima con su abusador, hasta el punto de convertirlo en la mayor fuente de deseo de su vida: “Mi padre es mi secreto. Sus violaciones son mi secreto. Pero el secreto que encierra ese secreto es que a veces me gustaba. A veces lo estaba deseando y a veces lo seducía para que me follara” (25).
A partir de esa dicotomía, se nos narra la vida deshecha, los últimos encuentros incestuosos, las masturbaciones compulsivas, y un largo etcétera de detalles que nos permiten entrever a una mujer que, cuando menos, ha sido capaz de mirar de frente a sus demonios y nombrarlos. Con algunos personajes secundarios que no dejan de resultar extremadamente interesantes, que casi reclaman su propia historia: la madre que se hacía la loca y decía no saber nada, la vecina que le pide silencio y olvido y que se aleja de la protagonista o el hermano incapaz de afrontar la horrible realidad de su familia.
Una obra, en suma, perturbadora y que quizás hubiera requerido un nombre en su portada para que supiéramos definitivamente a qué atenernos. Aunque, si lo narrado es verdad, uno puede comprender las causas que llevan a solicitar el anonimato.
*Solo hay una incongruencia (no sé si fruto de la traducción) que me permita dudar de la veracidad de lo narrador. En el inicio de la obra (8) la autora dice que la última vez que se acostó con su padre ella tenía 21 años. Pero en la página 84 leemos: “el año anterior a su muerte, mi padre me llevó a ver universidades. […] Yo tenía dieciséis años”. Lo que de ser cierto situaría la muerte del padre cuando ella tenía 17, y nunca podrían haberse acostado teniendo ella 21.
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