“Los primeros árboles que recuerdo haber conocido bien fueron los manzanos y los perales que había en el jardín de la casa en que crecí”. Así comienza El árbol (Impedimenta, 2015), una de las pocas obras de no ficción de su autor, el británico John Fowles (Leigh on Sea, Essex, 1926 – Dorset, 1988). Publicada por primera vez en 1979, sigue siendo una provocadora meditación sobre la conexión entre el mundo natural y la creatividad humana, además de un poderoso argumento en favor del control de ambos: “No hay frutos para aquellos que no podan (…) aquellos que cuestionan el conocimiento ancestral (…) aquellos que se esconden en árboles inexplorados (…) los traidores a la causa humana”.
En el libro, Fowles relata su propia infancia en Inglaterra y describe cómo se rebeló contra la obsesión de su padre, de firme carácter eduardiano, por sacar rendimiento cuantificable de un bien podado huerto de árboles frutales, lo que devino en su gusto por lugares de belleza desordenada, donde la vegetación, sin propósito, muestra su lado más salvaje, “un caos verde (…) que nosotros, simios brillantemente intencionales, podemos utilizar y explotar a nuestro antojo, con una conciencia libre”.
El árbol se convierte así en un tratado sobre la naturaleza y el arte que afirma que cualquier evaluación de ambos está destinada al fracaso. Sólo es posible “captar la mera superficie o atisbar un brevísimo detalle” de los bosques, ya que “ningún papel ni ningún lienzo puede atraparlos”. Aislarse en ellos puede ser una bendición, ya que nos permite observar en detalle no sólo la superficie, sino la subyacente interacción de cambiantes realidades.
Pilar Adón consigue verter al castellano la ecléctica gama de asociaciones que establece el autor de La mujer del teniente francés (1968). Fowles alude a teóricos sociales, economistas, antropólogos y artistas de un tipo u otro, proponiendo la tesis de que una disminución en el espíritu creativo coincide con el ascenso del capitalismo: “Podemos extraer un corolario espiritual de la forma en que estamos deforestado y desnaturalizando nuestro planeta. Al final, lo que haremos será defoliarnos y desnaturalizarnos a nosotros mismos”.
El árbol es, en definitiva, un libro inspirador que nos cambia la vida, al reafirmar nuestra conexión con la naturaleza, mientras nos recuerda el placer de perdernos, los méritos de no tener ningún plan, y la sabiduría de dejarnos conducir por el instinto, tanto en la vida como en el arte. Se promulgan las resonancias persistentes de los momentos vividos y la vitalidad del arte en sí mismo. El libro se aferra, línea por línea a la existencia: “un nuevo utensilio, una herramienta más que poder usar (…) esta podredumbre de lo que fueron hojas vivas”.
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