Alianza publica Casilla vacía de Santiago Mazarrasa, una novela sobre la necesidad de tener un puerto seguro y la certeza de que la vida, como en un juego de azar, nos arrolla sin aviso.
Pregunta: Casilla vacía parte de una ausencia. ¿En qué momento sentiste que esa “casilla”, personal o simbólica, merecía convertirse en el eje de un libro?
Respuesta: El concepto de casilla, que tiene un origen lingüístico, siempre me pareció que conecta de una manera fundamental con la experiencia humana, que se construye siempre en torno a una falta, ya sea la de una memoria fidedigna de lo ocurrido, ya sea la de un horizonte claro y definitivo. Tal y como yo entiendo el lenguaje y la vida, ambos funcionan porque les falta algo que necesita constantemente completarse, a veces es un deseo, a veces un sentido. Para mí, era fundamental explorar esta forma de vacío y encontré en el tránsito a la madurez de mi generación un momento muy representativo de esta falta porque ahí coinciden los planes de futuro, las expectativas y los errores cometidos, pero también las condiciones políticas, sociales y económicas que nos vemos obligados a habitar. En el fondo, creo que el tema me ha perseguido siempre, el de vacío y la falta de sentido y que en este libro por fin tomaban un cariz universal.
P: Tu escritura suele moverse entre la crónica, la memoria y la reflexión personal. ¿Cómo fue el proceso de encontrar el tono adecuado para este libro sin caer ni en lo puramente íntimo ni en lo estrictamente ensayístico?
R: De manera inevitable, mi escritura se mueve entre una la reflexión filosófica, no académica, y la experiencia íntima porque me parece que son dos caras de una misma moneda. En este libro, me resultaba especialmente interesante que la reflexión sobre las formas del vacío se vinculara con la experiencia individual de los protagonistas y con las condiciones materiales que son propias de nuestro tiempo, de manera que el lector pudiera explorar un mismo vacío desde diferentes puntos de vista. El equilibrio entre ambas escrituras es muy precario, porque no quería que la novela fuera una exploración de los sentimientos, pero tampoco un carrusel retórico de filosofía superficial o una denuncia más o menos explícita de la forma en que habitamos el presente. Dicho esto, creo que la base sobre la que este equilibrio ha funcionado ha sido la elección de una voz narrativa diferente para cada parte de la novela, que me ha obligado a cambiar de lugar desde el que narrar y no regodearme en la experiencia íntima como un niño en un baño de espumas.
P: En la obra hay una exploración de la identidad a partir de lo que falta, de lo que no está. Quizá también una fuerte carga de lo que tradicionalmente se llamaba fracaso (trabajos grises, a menudo precarios, drogas y fiestas de evasión…).
R: Creo que la falta es una condición esencial de la vida humana, ya sea en forma de deseo irrealizable, de expectativa inalcanzable o, simplemente, como incapacidad para expresar de una manera definitiva aquello que queremos decir, como si solo pudiéramos, en el fondo, balbucear. Dicho esto, gran parte de lo que hacemos en la vida va dirigido a cubrir esa falta. De hecho, solo si la olvidamos, la falta, la vida es soportable: cuando olvidamos la muerte, cuando le dedicamos nuestra vida a la amistad, el gran refugio, cuando convertimos el trabajo en el centro de nuestras vidas, cuando dejamos que las drogas o el alcohol tomen el control de nuestros hábitos o cuando escribimos, es decir, intentamos dotar de sentido, de unidad y de solidez, aquello que por naturaleza es azaroso, fragmentario y se disuelve. Estos son precisamente asuntos que la novela trata, pero en Casilla, la muerte irrumpe para mostrar la debilidad de todas estas construcciones. Es ahí donde el tema del fracaso aparece con más fuerza: no es el resultado de malas decisiones o de accidentes, es la condición original que se muestra una vez cae el velo a través del cual mirábamos la vida.
P: El libro dialoga con la idea de archivo, de la memoria fragmentaria. Hay una renuncia, no sé si también una imposibilidad dado el tema, a recurrir a la linealidad para contar lo que sin duda no se vive como lineal.
R: Totalmente de acuerdo. Toda la novela gira en torno al acontecimiento inicial de la muerte, pero se construye desde diferentes puntos de vista y desde diferentes momentos en cada una de sus partes: los días posteriores, los días previos, los recuerdos colectivos etc. Me parecía una estructura adecuada al tema de la novela, que no es tanto el duelo como la exploración del sentido y del vacío, del refugio y de la intemperie, que son problemas irresolubles y que, como mucho, se hacen palpables en ciertos momentos de la vida y para los cuales es muy difícil definir una relación causa-efecto como en formas narrativas más lineales: esto ocurre como efecto de lo anterior, que es efecto de lo anterior y así hasta la primera línea. De hecho, los personajes se hacen, de manera más o menos explícita, la pregunta acerca del cuando. ¿Cuándo llegamos aquí? ¿Cuándo lo perdimos? ¿Cuándo ocurrió? Este tipo de preguntas atraviesan la novela y no tienen una respuesta clara, porque no la tiene la memoria. El fragmento recuperado, en cambio, el recuerdo lúcido, ilumina la experiencia y da sentido sin necesidad de explicarse narrativamente.
P: La “casilla vacía” del libro puede leerse también como una metáfora generacional. La de una generación, la millennial quizá, que empieza a comprender ahora que la vida iba en serio, como decía el poema. En la lucha generacional entre zetas y boomers, ¿hemos desatendido a esta generación marcada por la crisis del 2008?
R: No sé si diría que es una generación desatendida. No creo que fuera voluntaria esta hipotética desatención, pero sí que creo que mi generación se encuentra entre dos mundos, el que aún creía en el progreso social, en la posibilidad de labrarse una vida acorde a las expectativas, y el mundo desencantado de las generaciones posteriores. En cierto modo, crecimos en un mundo de posibilidades y promesas que, después de diversas crisis, se quedó en espejismo. Por eso me parecía tristemente ideal para tratar el tema de la falta, del fracaso y del sentido. No creo que nuestras condiciones mejoren en el futuro. Si acaso, si lo hacemos bien, mejoraremos las condiciones de los que vienen, pero a nosotros nos ha tocado, aunque suene muy dramático, caer.
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