Vidas perfectas, de Antonio J. Rodríguez

Lo primero que llama la atención de “Vidas perfectas” (Literatura Random House, 2017) es que la voz elegida para narrar esta historia, la de Xavier, es, desde el inicio, demasiado plana. Tal vez por no querer cargar las tintas con un narrador excesivamente sofisticado o intelectual, el autor se ha quedado en muchas ocasiones en el otro extremo: el del comentario superficial, y la queja fácil (barnizada de cinismo).

El inicio de la novela es, además, un poco precipitado y bastante deslavazado. No sólo es que algunas confusiones en la elección del tiempo verbal lastren la lectura, es que todo el “misterio” que sustenta la trama de la obra está confusamente presentado. Un ejemplo: en poco más de cincuenta páginas, el narrador habla y nos habla de “crimen entre Vera y Gael” y de “matarse entre sí”, pero también de que Gael mató a su esposa y luego se suicidó, de “asesinato” o de “accidente”; y todo ello cuando aún nada apunta en otra dirección que la del crimen machista.

Igualmente, la voz narradora se vuelve confusa cuando deja de ser un relato en primera persona -aunque recoja los testimonios de una segunda- para tomar rasgos de una extraña omnisciencia (por ejemplo, página 42, o 50-53).

Por otro lado, el núcleo moral de la novela se enuncia tan rápido y se da tan masticado que cuesta entender el porqué de algunas reflexiones posteriores, que sólo son un insistir en lo mismo una y otra vez:

“La señal definitiva [...] de que aquellas vidas que consideramos modélicas nunca lo fueron tanto. Estas muertes son la constatación de que vivimos equivocados” (19)

Respecto a los diálogos, algunos parecen más bien un largo monólogo en el que el autor se pregunte y se responda a sí mismo. Se ve demasiado la tramoya levantada para “exponer” una idea (por ejemplo: 46-49; 68-69). En general, la novela no es tanto una ficción -ni desde luego un relato simbólico- como un largo discurso sobre los recovecos de la vida adulta y la fraudulenta cara del éxito.

Éxito encarnado en este caso por Vera -animalista, madre secretamente acomplejada y más insegura y dependiente de lo que a una feminista le gustaría reconocer- y Gael -suerte de Cristiano Ronaldo del Waterpolo, tan autocrítico y perfeccionista como egocéntrico-.

Junto con su hija, Mika, la pareja se va de viaje a Japón, donde, cuando están a punto de terminar sus vacaciones, el matrimonio es asesinado. Aunque todo apunta, en apariencia, a que fue Gael quien asesinó a Vera, Xavier, amigo de ambos y profesor de piano de Mika -y rostro en esta novela de la vida fracasada y sin sentido de las clases medias- decide investigar por su cuenta lo sucedido. Al tiempo que descubre la razón de las muertes, Xavier irá desvelando que la fachada de éxito del matrimonio escondía sólo inseguridades, miedos y remordimientos.

La novela se sitúa, de algún modo, en la línea de sucesores de la “Cultura X” de los 90, tomando como excusa un crimen y algunos aspectos técnicos de la novela policial para elaborar un discurso sobre las relaciones complicadas entre los adolescentes y los adultos, y el falso brillo de todo tipo de éxito -especialmente en la época de las redes sociales-. El escenario internacional y algunos importantes desaciertos -casi consuetudinarios en este tipo de narraciones- como la inconsistencia de la trama o la supeditación de ésta y de su verosimilitud al lucimiento verbal y expositivo, contribuyen a la idea de colocar esta obra en la línea de “Trífero” o “Lo peor de todo” de Loriga o “Cansados de estar muertos” de Bonilla.

Salvando los matices temáticos, si uno compara “Vidas perfectas” con ese otro relato -magnético y crudo- del desmoronamiento de una vida familiar aparentemente exitosa que es “Intimidad” de Kureishi o con un clásico de la crítica a las responsabilidades de la vida adulta y la institución marital como es Bellow (“Herzog”, “El hombre en suspenso”), hay que concluir que la obra de Antonio J. Rodríguez sale muy mal parada.

Incluso en comparación con otra obra más reciente que narra, con tintes detectivescos, el derrumbe de una matrimonio aparentemente ideal como es “California” de Rubén Abella, la obra sale perdiendo.

Algunas decisiones gramaticales son, además, más que dudosas:

“Veo agolpamientos de gente que padece ansiedad, estresadas, hartas de tener que levantarse para hacer cosas sin sentido, insatisfechas y doloridas”.

Y en general, hay cierto aroma de precipitación y de falta de edición en todo el libro. Precipitación que llega hasta el desenlace de la trama. No tanto porque éste carezca de efectismo -en ese sentido funciona relativamente bien- como porque se llegue a él de manera muy rápida, sin adentrarse por ejemplo en una historia y dos personajes -Lucía y Ramiro- que habrían podido aportar una buena dosis de oscuridad en la novela y cuyo paso por la misma, pese a su importancia, es fulgurante.

A mi parecer, pues, una novela con más errores que aciertos y a la que le hubiera venido bien un mayor proceso de maduración.

 

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