La uruguaya de Pedro Mairal

Se me ha hecho imposible no pensar, mientras leía “La uruguaya” (Libros del asteroide, 2017) en otro libro publicado por la misma editorial, con un formato y color muy similares: “El padre infiel” de Antonio Scurati.

En ambos casos, el protagonista y narrador es un hombre casado y con un vástago pequeño que se enfrenta a una crisis matrimonial, que deviene en crisis de identidad. En ambos casos el padre/marido oscila entre la consuetudinaria idea de la familia y el matrimonio y un ansia de libertad y recuperada juventud (con egoísmo consciente) que sólo se decidirá por un sentido cuando las respectivas mujeres, siempre ellas las valientes, decidan dar un paso que también es similar.

Las diferencias con aquel libro, más allá de la trama y la estructura (ambos narran retrospectivamente, pero Scurati no desarrolla ninguna trama “de misterio” y abre con la decisión final, mientras que Mairal teje en torno a la trama principal otra de tintes noir) serían fundamentalmente de enfoque y éticas, más que de estilo. Aunque en este último aspecto la voz de Mairal sea más directa y concisa que la de Scurati, más tendente a la reflexión y al lirismo.

En “La Uruguaya”, en cualquier caso, no pesa tanto el aspecto de la paternidad. No hay en el narrador esa sofocante angustia de que, al ser infiel a la madre, se está siendo también infiel al hijo. Sin embargo, gana más protagonismo el aspecto identitario y el relato se vuelve sobre todo una metáfora sobre la lucha entre lo que nos gustaría ser y aquello en lo que realmente nos hemos convertido.

El peso del relato que de nosotros mismos nos hacemos, el de la juventud rápidamente dilapidada sin haber llegado a alcanzar la forma que de ella esperábamos, las promesas que cada uno se hace a sí mismo y que después incumple por pereza o conformismo. Todo ello tiene un espacio más grande en el libro de Mairal, quien afronta la obra con una, por decirlo con el título de otro creador argentino, honestidad brutal.

En ese relato la otra orilla del río de la Plata, Montevideo, funciona como símbolo de la otra vida que el protagonista sueña con llevar. El lado B de la existencia. Si en Buenos Aires es un hombre enclaustrado en un matrimonio fallido, en Montevideo es un hombre libre, que puede enamorarse de otra mujer y caminar sin ataduras. Atrás queda la mujer que lo ha cambiado por otra, sin tener siquiera claro si es lesbiana. Y también las responsabilidades y el dinero que no llega.

Con la cartera llena y confiado en que su experiencia lo convierte en un hombre de vuelta de todo, Lucas Pereyra, el protagonista, tratará de tomar al abordaje su nueva vida, aunque las consecuencias finalmente sea muy distintas a las que él desea. Pero como Guerra, su esporádica amante le dice (83), él no es ése hombre de Montevideo, sino el otro: el hombre casado y sin tiempo de Baires.

Como he dicho, además, la reflexión sobre la paternidad y la familia, que alcanza al final el aspecto de una moraleja, se injerta dentro de la crónica de un día maldito: el martes en que Lucas Pereyra viajó hasta Montevideo para regresar cargado de plata. Un día negro, con apariciones extrañas en el cielo y donde, como en una buena road movie, todo lo que puedo salir mal, salió peor.

Una obra entretenida, muy bien escrita (se cita a menudo, y es cierto, la influencia de Onetti; pero aquí también están Arlt y sus paisajes urbanos, y hasta Abelardo Castillo, y destaca el uso muy acertado de los diálogos) y que se lee de un tirón, gracias al tono confesional y el lenguaje directo y cotidiano. Una obra por la que Pedro Mairal está obteniendo un éxito merecido, que además de varias traducciones parece que incluirá también una película.

Un libro, pues, que se suma a otros pocos que empiezan a afrontar un fenómeno hasta ahora poco tratado en la literatura hecha por hombres: la soledad y la insatisfacción en la mediana edad.  Muy recomendable.

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