El viento sobre el agua, de Santos Domínguez

El viento sobre el agua, último poemario de Santos Domínguez, y premiado con el XXXVI premio hispanoamericano de poesía Juan Ramón Jiménez, puede servir muy bien de puerta de entrada a la poesía del autor extremeño, al mismo tiempo que supone una de las cimas de esa poesía.

Como en otros poemarios de Santos, la naturaleza, el paisaje, juega en esta obra un papel primordial. Es el suyo un paisaje machadiano, en el sentido de que la naturaleza aquí tratada existe per se, fuera de la voluntad del poeta. En ese sentido, no es, como exigía Rousseau, un paisaje del alma. Santos no le niega la objetividad a la naturaleza, su existencia autónoma. Sin embargo, frente al paisaje autónomo está el poeta autónomo y único: que lo observa y reacciona a él con emoción y que se lo apropia para volver a mirarlo o más bien re-mirarlo cargado ya de subjetividad.

No es Santos, entonces, un poeta que se limite a describir el paisaje. Es más, estrictamente hablando, no creo que haya en todo este libro ni una sola descripción impersonal. En primer lugar, porque Santos, siguiendo a Machado, no niega la emoción que surge de lo natural —Toda la imaginería / que no ha brotado del río / barata bisutería— y segundo porque no rehúye de lo que el propio Machado, más simbolista de lo que suele creer, llamaba imaginería.

Y si hay en Santos una actitud platónica, de preferir el original natural a la copia —pero no siempre: ahí están los poemas inspirados en pinturas— hay también una actitud cabalística o gnóstica que reconoce que la palabra tiene, o puede tener si se es un buen poeta, una enorme potencia simbólica y gnoseológica.

De manera que la naturaleza en la poesía de Santos, y sobre todo en este libro, sin ser negada en su objetividad, es devuelta al lector, tras un proceso alquímico, como una fabricación personal, subjetiva y de gran carga simbólica. Y aquí los referentes, además de Machado, podrían ser Lorca, Yeats y Rilke, entre muchos otros.

Así, y sin salirnos de los márgenes del título, el viento sobe el agua tiene el significado literal y natural que a nadie escapa, pero tiene también un sentido más profundo que en el primer poema remite a autores como Blanchot y Celan en esa idea de indecibilidad que acompaña a la existencia. El viento que se desliza tranquilo sobre el agua es la imagen de la calma después de una pequeña tormenta invisible, que se desarrolla en los espacios inasequibles para la lógica.

Estamos, pues, ante un poemario donde con apariencia de naturalismo, Santos Domínguez construye, en realidad, un poemario enormemente simbolista, donde metáfora e imagen son fundamentales en tanto que puertas hacia un nuevo conocimiento.  Pues como decía Kathleen Raine en Utilidad de la belleza: «El lenguaje de la analogía presupone y establece a un tiempo relaciones entre los diferentes órdenes de lo real, una orientación hacia una fuente y su centro. Lo metafísico queda así implícito en las formas mismas del discurso de lo simbólico».

Es decir: tampoco el símbolo o la metáfora son meros tropos, adornos del lenguaje, bisutería barata, sino vehículos para alcanzar a ver, y a comunicar, unas parcelas de lo real de las que no se pueden tener vislumbres con las herramientas propias del positivismo y de la lógica.

Lo que no es óbice para que el lenguaje simbólico  de Santos se levante sobre un gran conocimiento de la técnica y el ritmo —qué importante y qué olvidado está el ritmo en la poesía actual—propios de lo lírico. Por ejemplo:

Palacios de cristal que construye el recuerdo
con música de agua que susurra en su huida
un tránsito invisible de pájaros y hogueras

o estos dos versos tan lorquianos:

De la tarde caían
cuchillos de abandono en los pozos del vértigo

Que nos movemos dentro del territorio simbólico de un poeta, lo deja también claro el uso obsesivo de algunas palabras y dicotomías, ya muy presentes en obras anteriores de Santos y que aquí  continúan ayudándole a explicar sus visiones poéticas. Son palabras como viento, raíz, el binomio oscuridad/luz y sus variantes (sombra, hoguera…), la tarde (que parece ser la hora propicia para la meditación poética de Santos) y en este caso, sobre todo, el agua. Un agua que actúa como caudal de la memoria, como espejo indescifrable del tiempo, y que aparece como río o como lluvia, como nube o como lago para convertirse en el símbolo maestro de este poemario.

Más allá del paisaje hay, desde luego, espacio para la reflexión sobre el arte (pintura y música, fundamentalmente) y también para la reflexión sobre el propio quehacer poético (una de las temáticas centrales de la poesía contemporánea):

Bajo el fulgor del plomo la noche submarina
es más noche: es el mudo recinto del poema

Como en Brodsky, premio nobel por su labor poética, pero del que nosotros rescatamos sobre todo su labor de ensayista, no hay en Santos una renuncia a la palabra voluntariamente poética ni un sometimiento a lo que el autor ruso llamaba el lenguaje de la calle.

Y no puede haberlo porque renunciar al símbolo, a la metáfora, a la imagen, a la asociación de ideas y limitarse, como mucho, a la rima de palabras neutras supondría admitir que la poesía no nos ofrece un camino de conocimiento. Que la naturaleza, rural o urbana, es como la observamos: objetiva y sin misterio. Que no hay razón, por tanto, para hurgar debajo de la cáscara de lo aparente en busca de un poco de discernimiento relampagueante.

Santos no puede renunciar a eso porque es un poeta y porque sabe que

opacos, imprecisos
bajo la luz herida del agua sin memoria
los días submarinos laten lentos, oscuros,
en la vida insondable de otra luz más profunda.

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