La explotación autoconsciente: entrevista con José de María Romero Barea, autor de Oblicuidades

José de María Romero Barea (Córdoba, España, 1972) es profesor, poeta, narrador, traductor y periodista cultural.

Su novela “Oblicuidades” (Anantes, 2016) acaba de ser editada. Se presenta en la Feria del Libro de Sevilla, el próximo sábado 7 de mayo, en la sala Apeadero, a las 18:00.

¿Eres un autor profesional? ¿Qué opinas de ellos/as?

No soy un autor profesional, sino un lector. A pesar de lo cual (o tal vez por ello) escribir es mi pasión. No aplico otro método que no sea el buen (o mal) gusto y mi conocimiento (o no) de la literatura. No sigo programa alguno, no intento venderos nada. Leo para entender el mundo, y de paso, entenderme a mí mismo. Leo por igual a escritoras y escritores, nacionales e internacionales, en inglés y en español, de diversas generaciones y de diferente bagaje o trayectoria, reconocida o no. Me acerco a los libros (o al menos eso pretendo) con la inocencia del recién llegado.

¿Qué te preocupa al escribir?

Mi preocupación es mental (el texto como artefacto) y sentimental (el ser humano tras del texto). Escribo narrativa, poesía, crítica literaria y traduzco. Mis obras son, de manera sutil pero osada, interpretaciones, a veces caricaturescas, otras bucólicas, las más apocalípticas de lo que leo. De lo que vivo. Cuando escribo no sé si saldrá un poema, un cuento o una novela. A veces ni una cosa ni otra o las tres al mismo tiempo. Cuando era niño escribía cuentos inspirado por Dickens, aunque ninguno ha sobrevivido. De adolescente, poemas inspirados por Lorca, que tampoco. En común, mi gusto por corregir, suprimir, que es aún más importante que añadir palabras.

¿Cómo definirías Oblicuidades, tu más reciente novela?

Mi primera novela “Hilados Coreografiados. Interrupciones I” se publicó en 2012, con prólogo de Fernando Iwasaki. “Hilados” es la primera entrega de “Interrupciones”, mi serie narrativa. Le sigue “Haia”. Mi amiga, la poeta Adriana Schlittler me preguntó hace poco a qué género pertenecen. No supe qué contestarle. ¿Novela experimental? ¿Prosa poética? A mí me gusta pensar que son mis memorias. Por despistar, supongo. Fernando Iwasaki escribe en la contraportada que mi primera novela es poesía. No seré yo quien le lleve la contraria, aunque suelo desconfiar de la narrativa en prosa poética.

Editada por Anantes y prologada por el poeta y crítico Benito del Pliego, ¿qué pretendes al escribir Oblicuidades?

Oblicuidades es, o pretende ser, una obra audaz y provocativa, en la que se propone una reinterpretación de la literatura. En mi opinión, un texto no es algo venerable, algo embalsamado por la tradición que representan la crítica y las universidades; es, o debería ser, algo profundamente original, algo revolucionario, una re-invención de la subjetividad.

¿Qué opinión te merece el género novelístico?

La novela siempre ha pretendido representar a la literatura como un todo. Portadora de un credo universal, su férreo seguimiento de las convenciones la llevan a romper, precisamente, con sus restricciones. La novela siempre ha albergado un potencial revolucionario: toda novela es una historia de amor, y el amor se niega a someterse al orden del mundo. Por eso, la narrativa lucha por crear uno nuevo en su lugar. Puede parecer curioso emplear, para ello, un género, el novelesco, que, no exento de polémica, refleja los conflictos de la clase media a partir del siglo XVI. Oblicuidades debe ser leída como un intento de re-pensar la naturaleza de la literatura como proceso de subjetivación y universalización.

Leyendo Oblicuidades, no he podido evitar pensar en la escritora irlandesa Kate O’Brien. En su biografía de Teresa de Ávila, la escritora afirma que ha escrito una biografía sobre una mujer que “creyó, desde el primer pensamiento de su vida hasta el último, en el Dios cristiano y en toda la cosmología de la doctrina cristiana. Pero el desarrollo preciso y la expresión a través de sí misma que ella imprimió a lo que era su creencia fue análoga a la explotación autoconsciente que hace de su don un artista”.

En su biografía, O’Brien deplora la imagen tradicional de la Santa como representante autoritaria del cristianismo, una mala interpretación perpetuada por sus detractores. Teresa de Ávila fue, en opinión de la irlandesa, una de las primeras mujeres en escribir una visión auténtica del cristianismo, o lo que es lo mismo, del amor universal, no como un sistema o un conjunto de leyes que establecen normas de comportamiento, sino como aquello que está, precisamente, más allá de toda ley.
En cierta forma, O’Brien y Santa Teresa defienden una vuelta al amor, la verdad y la universalidad. Mi novela Oblicuidades defiende una vuelta al amor, a la verdad, a la universalidad. La rotundidad algo pasada de moda de estos términos demuestra la necesidad de ellos en nuestro momento postmoderno. Parte de mi propósito al escribir mis novelas es recuperar estas ideas para una sociedad que con demasiada frecuencia ha impulsado indirectamente la ideología del capitalismo mediante la adhesión al relativismo cultural y la canalización de sus energías en la política de la identidad.

El texto no aporta verdades: revela y coordina los procedimientos para llegar a ellas en las cuatro esferas de la vida: el amor, el arte, la política y la literatura. Así, Oblicuidades promulga la necesidad de reformular nuestras ideas, de someternos a la conversión de nuestro propio pensamiento. La verdad y la vida están subordinadas a una disposición auténtica de pensamiento (subjetivación) en la que la verdad está por encima de la ley.

La novela es a la vez teórica de esa conversión y principal ejemplo de ello. La novela es (o debería ser) un género central para revelar la naturaleza de los sujetos, y esta es la esencia de la revelación de Oblicuidades. Defiendo en ella al sujeto humano, un ser que tiene el poder de trascender las restricciones de cualquier ley, un ser que tiene poder para (re)inventar lo nuevo. Por consiguiente, la visión de la novela va más allá de cualquier sistema social, político, religioso o cultural.

Una guerra se está librando en el mundo de la cultura, un conflicto cuyas repercusiones se dejarán sentir a través de muchas generaciones. Nuestras instituciones culturales están siendo atacadas por una austeridad obsesionada con la excelencia, a costa de ser fraccionadas, demediadas, anuladas. ¿Por qué seguir editando novelas?

Los dictados de la economía de mercado imperan sobre la enseñanza, y los profesores y alumnos sufrimos las consecuencias. Sabios tecnócratas recorren los pasillos de los ministerios y universidades aplicando ejercicios y programas de apertura, mientras que los docentes, acosados, nos vemos abocados a una pared de burocracia que nos separa de nuestros pupilos. El beneficio monetario posee el mandato programático central, y el tiempo, que una vez fue el mayor recurso académico, ha de registrarse meticulosamente; en todas partes y en todo momento, la responsabilidad recae en los profesores, que debemos monetizar nuestras actividades, establecer los valores financieros de nuestros proyectos, y justificar nuestra existencia de acuerdo a la lógica implacable y kafkiana de los mercados.
Hoy en día es difícil pensar en un campo de la actividad humana en el que la regulación sea un enemigo mayor de la excelencia que el de la organización de la cultura. Actualmente, se encuentran en el punto de mira las humanidades, las artes, los idiomas y las ciencias sociales, que han sufrido recortes de fondos durísimos, asignaturas que han sido ignoradas por una élite empeñada en promover los ingresos de moda (ciencia, tecnología, ingeniería, matemáticas). La educación que yo recibí, aquella que pretendía proporcionarnos algo más que meras cualificaciones profesionales, parece estar sufriendo una muerte lenta y dolorosa, supervisada por un grupo de burócratas contratados para gestionar la transformación de los institutos y las universidades de centros de aprendizaje en centros de beneficio.
Tengo la impresión de que se nos está robando el futuro. Pero no quisiera convertir esta entrevista en un alegato motivado por un sentimiento de injusticia, no sólo hacia mí, sino hacia mis alumnos. No quisiera caer aquí en el abatimiento, ni remontarme a tiempos anteriores, falsamente edénicos, de profesionales siempre entusiastas. Que los próximos cincuenta años sean mejores que estos; que nos devuelvan una cultura que sea un bien público, una educación como la que yo recibí, que me enseñó a respetar las tradiciones de mi país y mi cultura, mientras me conectaba con Europa y el mundo; una cultura que me formó como persona dueña de su destino; que me hizo productivo, pero también expresivo; que me inspiró y me convirtió, en definitiva, en un adulto libre. Porque no todo lo que es valioso puede o debe ser monetizado. Los libros son custodio de siglos de conocimiento, curiosidad e inventiva. La cultura no es una mercancía. No se deja comprar. No se puede vender.

¿Algo que añadir?

La revelación a la que nos conduce el amor por la cultura es la condición misma de su propia universalidad, y su recuperación es necesaria; no se trata de afirmar la superioridad de un círculo cerrado. El amor desafía, precisamente, a la comunidad cerrada. No defiendo una literatura ensimismada; la tarea del sujeto de una verdad es decirla en la esperanza de que inspire a otros. En Oblicuidades he intentado ser, en definitiva, un amante de los libros que habla de su amor. Qué añadir. La literatura debería ser una posibilidad de acción y recuperación; el escritor, alguien que, al difundir los pensamientos ajenos, expresa los propios.

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