Una saga moscovita, de Vasili Aksiónov

Aunque existía una edición anterior de esta obra, de hace cuatro o cinco años, lo cierto es que no creo que sean muchos los lectores que todavía hoy sepan quien es Vasili Aksiónov y de qué trata esta saga moscovita que ahora publica Navona en su cuidada edición de la colección “Los ineludibles”. Y acierta Navona como acertarán quienes lean esta obra. Porque la novela, que tiene mucho de Tolstoi, sí, pero sobre todo de Grossman, es una aventura histórica de primera magnitud.

Una saga moscovita narra la vida de una familia de médicos en la Rusia del siglo pasado. En 1925, en la dacha de los Grádov, el padre, Borís Nikítovich, es un brillante cirujano y un maestro respetado; la madre, de origen georgiano, se consagra a su casa, a sus hijos y al piano; el hijo mayor, Nikita, es un noven oficial superior del Ejército Rojo; su hermano Kiril es un bolchevique, amante de la Revolución y del Partido; y su hermana pequeña Nina, una joven poeta de enorme belleza. Lenin ha muerto y el Partido está dividido entre los seguidores de Stalin y los miembros de la oposición liderada por Trotski. Los Grádov se verán implicados, a su pesar, en la Revolución y esto marcará el comienzo de un largo proceso de transformación que acabará sometiendo a todos los miembros de la familia.

Tal es el resumen de la obra, que comienza ya marcada por la idea, determinante en el devenir de Rusia, de lo que se dio en llamar el “nacional-bolchevismo”, es decir, la fusión, a priori imposible, entre el internacionalismo revolucionario y las aspiraciones habituales de una nación que, como bien señaló kapuscinski nunca dejó de ser un imperio.

Los lectores de “Vida y destino” de Grossman encontrarán en la sucesión de generaciones, años y asuntos políticos de “Una saga moscovita”, un ambiente familiar y una crítica parecida: por más que aquí no quepa hablar, estrictamente, de anti-sovietismo, sino más bien de un lamento por lo que pudo ser y no fue. En otras palabras para Aksiónov ya en 1925, a los ocho años de haberse producido, la Revolución Rusa había equivocado su camino.

Y de nuevo hay que regresar al comienzo del libro: a ese ir y venir de coches y tranvías por el centro de Moscú, a los comercios abiertos, al anuncio de la tolerancia creciente hacia la actividad privada y, sobre todo, al escepticismo y la preocupación creciente que en muchos crea, ya entonces, la emergente figura del georgiano Stalin.

Años de plomo, depuraciones, problemas personales, ilusiones abandonadas y, a través de todo ello, la caída de un país y de una idea en una de las más oscuras y profundas cuevas de la Historia de la Infamia.

Un libro de más de 1200 páginas para leer como se han de leer siempre a los clásicos: con cuidado, cariño y respeto. Y sobre todo, disfrutando. Disfrutando mucho.

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