Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social

Analizamos este lúcido ensayo de Simone Weil publicado por Trotta

La editorial Trotta (que lleva apostando ya desde hace varios años por traducir y publicar la obra de Simone Weil) ha publicado recientemente el pequeño volumen titulado “Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social”, una obra dividida en tres partes: la primera, una crítica del marxismo; la segunda un análisis de la opresión y de sus mecanismos y la tercera el bosquejo teórico de una sociedad libre.

El propósito principal de esta obra es captar el mecanismo de la opresión en las condiciones materiales de la organización social. Para este análisis  Weil inicia realizando una crítica del marxismo en la que propone rescatar de esta teoría lo único salvable (lo único, según ella, no idealista): el materialismo como método de conocimiento y acción.

La aplicación de este método ha de permitir, según la autora, descubrir las causas de la opresión en la estructura de la fábrica, en la especialización y división de funciones, no en el régimen de propiedad, según Weil.

Frente a la «religión de las fuerzas productivas» propugnada por Marx y a lo que Weil considera un idealismo de raigambre hegeliana (la idea del progreso de la historiaen una única dirección posible), el libro busca cimentar una nueva ciencia de la sociedad centrada en el estudio de la lucha por el poder y de la fuerza social.

Como se señala en la presentación de esta obra: “El proyecto de renovación radical de la estructura social y de la acción política que aquí presenta es, en último término, una llamada al núcleo de la propia identidad que encuentra un punto de apoyo básico: la posibilidad, personal e irrenunciable, de establecer relaciones reales con lo real, sustrayéndose a la idolatría de lo social”.

Parte del interés de este libro radica en su actualidad, pese a haber sido escrito en 1934. Como contextualiza la autora al inicio de la obra (pág. 23): “La época actual es de aquellas en las que todo lo que normalmente parece constituir una razón para vivir se desvanece, en las que se debe cuestionar todo de nuevo, so pena de hundirse en el desconcierto o en la inconsciencia”. Y añade la autora, en una declaración que muchos podrían firmar ahora mismo: “El trabajo ya no se realiza con la orgullosa conciencia de ser útil, sino con el sentimiento humillante y angustioso de poseer, sólo por el hecho de disfrutar sencillamente de un puesto de trabajo, un privilegio concedido por un pasajero favor de la suerte, privilegio del que están excluidos muchos seres humanos”. Concluyendo: “parece que el progreso técnico ha quebrado, ya que, en lugar de bienestar, lo único que ha aportado a las masas es la miseria física y moral”.

Como decíamos, la crítica al marxismo procede, sobre todo, de la idea de Weil de que el marxismo ha terminado convirtiéndose en un dogma que no ha llegado a plantearse nunca el cuestionamiento de su propio método (pág.25). “En realidad”, dice Weil, “Marx da cuenta admirablemente del mecanismo de la opresión capitalista, pero lo hace sin mostrar apenas cómo este mecanismo podría dejar de funcionar”.

Según Weil (pág 26): “La fuerza para explotar y oprimir a los obreros que posee la burguesía reside en los fundamentos mismos de nuestra vida social y no puede ser aniquilada por ninguna transformación política y jurídica. Esta fuerza es, ante todo y esencialmente, el régimen de producción moderno, es decir, la gran industria”.

Para la autora, y en oposición a lo que piensa Marx (pág 27):”La total subordinación del obrero a la empresa y a quienes la dirigen reposa en la estructura de la fábrica [es decir, en el modelo de producción] y no en el régimen de propiedad”. Y añade (pág 28): “toda nuestra civilización está fundada sobre la especialización, que implica la sumisión de los que ejecutan [los obreros] a los que coordinan [intelectuales]; sobre esa base sólo se puede organizar”, dice, “la opresión, no aliviarla”. Y acusa al marxismo de conservar, como decíamos, buena parte del idealismo hegeliano, pero habiendo sustituido en su esquema el espíritu de la Historia por la materia como motor del mundo. (pp. 30-31): “El auge de la gran industria”, afirma Weil, “ha hecho de las fuerzas de producción la divinidad de un tipo de religión cuya influencia sufrió Marx, a su pesar, al elaborar su concepción de la Historia”.

Esta primera parte del libro, centrada en la crítica del marxismo y que es, sobre todo, un intento de derribar lo que podríamos denominar “resistencias metafísicas” de la teoría de Karl Marx es, a nuestro modo de ver, la más interesante del libro y emparenta directamente a Simone Weil con los filósofos posmodernos, precisamente por su empeño en eliminar cualquier vestigio de esas resistencias en el método materialista.

Como la propia autora señala (pág 30): “El término religión [que nosotros hemos denominado resistencia metafísica] puede sorprender cuando se trata de Marx; pero creer que nuestra voluntad converge con una misteriosa voluntad que actuaría en el mundo y nos ayudaría a vencer es pensar religiosamente, es creer en la Providencia”. y señala que cuando Marx habla de aspectos como “la misión histórica del proletariado” está incurriendo en un pensamiento idealista y religioso. Dicho pensamiento, concluye, al poner al hombre al servicio del progreso histórico, se torna, aun dentro del socialismo, en un mecanismo de opresión.

La segunda parte del libro está centrada, como hemos dicho, en analizar la opresión y hallar sus causas. Para Weil se trata de conocer (pág 41): “lo que une la opresión, en general, y cada forma de opresión, en particular, al régimen de producción; dicho de otro modo, se trata de llegar a comprender en virtud de qué surge, subsiste y se transforma, en virtud de qué quizá podría, teóricamente, desaparecer”.

Finalmente, Weil realiza un breve bosquejo teórico de lo que podría ser una sociedad libre, bosquejo en el que trata de no caer en la utopía (pág 65): “En el mundo en el que vivimos no puede tener lugar, salvo por ficción, un estado de cosas en el que el hombre obtendría tanto disfrute, y con tan poca fatiga, como quisiera”.

Para ella, el estado ideal es aquel en el que el hombre pueda entender por libertad algo distinto a la posibilidad de obtener sin esfuerzo lo que le agrada (66); para Weil sería libre aquel hombre “cuyas acciones procediesen, todas, de un juicio previo respecto al fin que se propone y el encadenamiento de los medios adecuados para conducir a este fin”.

Desde un punto de vista actual, lo más destacado de esta obra de Weil es, a nuestro parecer, por un lado su empeño en desmontar esas “resistencias metafísicas” del pensamiento marxista (algunas de las cuales han llegado hasta nuestros días) sin por ello renunciar a su método y, por otro lado, su certero análisis de las condiciones de explotación del trabajador en el capitalismo avanzado y cómo éstas son el caldo de cultivo perfecto para la opresión.

Una breve obra, en suma, que resulta interesante, atractiva y que, como casi siempre ocurre con Simone Weil, obliga a mirar de un modo distinto la existencia.

 

 

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