Carro de combate

Analizamos esta obra publicada por la editorial Clave Intelectual

Una de las consecuencias de ese sistema económico que algunos teóricos han dado en llamar post-capitalismo o, a mi parecer, más acertadamente capitalismo post-fordista (y de su lógica cultural: la posmodernidad) ha sido la extensión del papel de consumidores de los ciudadanos.

Si con anterioridad, en el capitalismo, la división entre la parcela económica de las personas (el tiempo que dedicaba a trabajar y conseguir un sueldo, a producir) y el resto de parcelas (familiares, de ocio, etc.) era clara, en los últimos treinta años tal división o se ha difuminado hasta quedar borrosa o, tal vez, ya no exista. En la actualidad, el ocio y la vida familiar, por ejemplo, se han convertido en dos subparcelas de la vida económica: en una se consume productos, en la otra, muy habitualmente, también (y si no, se consumen anuncios publicitarios destinados a fomentar el consumo).

En esta situación, en esta lógica consumista, en la que el ciudadano ha sido (re)convertido no sólo en una mera unidad productiva sino también en una (igualmente sustituible) unidad consumidora del engranaje productivo, es donde hay que enmarcar el trabajo “Carro de combate” que apunta a que nuestra debilidad es también nuestra fuerza y que si quieren que lo único que hagamos es consumir, tal acto puede convertirse también, como señala el subtítulo del libro, en un acto político, en un acto de protesta. Nuestro carro de la compra puede ser también un espacio de crítica, de protesta, de rebelión. Un modo de socavar el sistema haciendo palanca desde uno de sus puntos fuertes: el del consumo.

Para ello, el libro de Nazaret Castro y de Laura Villadiego hace un repaso exhaustivo (y a través de una edición muy cuidada) por cuatro aspectos fundamentales: el de las materias primas (poniendo el foco en la explotación humana y de recursos naturales); por los alimentos más comunes en nuestra mesa (apuntando hacia las industrias que hay detrás de los mismos y sus daños sociales, así como a los daños personales, sobre la salud, de ciertos alimentos); por otros productos no alimenticios como los textiles, los cosméticos o los detergentes y, en cuarto lugar, poniendo su mirada en la fase de distribución y comercialización.

El último capítulo del libro está destinado a otro aspecto importante y, obviamente, ligado, y de manera muy íntima, con el consumo: el de los deshechos. Tanto desde el punto de vista ecológico-social (son los países más pobres quienes “se comen” nuestra basura) como desde el de los intereses económicos: bien sabemos en España (pensemos en casos como la operación Brugal) que más residuos significa para ciertas empresas más dinero y que la privatización de la recogida de basura se ha convertido en un pingüe negocio.

En suma, estamos ante un libro que recopila buena parte de las denuncias que en torno al proceso de consumo de alimentos (pero no sólo de alimentos) y su eliminación se han dado en los últimos años desde diversas fuentes, pero que además ofrece alternativas viables para convertirnos en (usando ese sintagma tan manido) “consumidores responsables”, es decir, para convertir nuestro carro de la compra en un carro de combate. Para luchar sin dejar de consumir.

Porque, tal vez deberíamos admitirlo (y ése es el punto quizás más realista de este libro), que muchos de los ciudadanos de Occidente dejen hoy de consumir parece una quimera. Y antes de que ese enorme cambio que sería una reducción del consumo se produzca, tal vez sea más factible lograr este otro: consumir mejor. Convertir un acto habitual en un acto de protesta, en un acto político. Consumir con responsabilidad e informados para no ser cómplices de la barbarie.

 

 

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