La estación del sol

Reseñamos este clásico del japonés Shintaro Ishihara editado ahora en castellano por Gallo Nero

“Lo esencial para él era hacer lo que le venía en gana. El porqué poco le importaba. Así eliminaba todo sentimiento de culpa o remordimiento”

la estación del solEsta cita, perteneciente a “La estación del sol”, el primero de los relatos del libro y el que da título al mismo, resume muy bien el carácter general de los protagonistas masculinos de la obra. Especialmente, de los protagonistas de los tres primeros relatos: el ya mencionado “La estación del sol”, “la clase gris” y “la cámara de torturas”.

En el prólogo al texto, redactado por el traductor Fernando Cordobés, se da buena cuenta tanto del contexto en el que ve la luz esta novela —el Japón que trata de salir a flote tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial—como de la resonancia que tuvo la misma entonces: convertida en emblema de una nueva generación que ya no se sentía representada por la novelística del momento, tendiente al diálogo interior y representante de una moral que también había sido derrotada en la guerra.
“Shintaro Ishihara fue el primero en dar voz a esa juventud ansiosa de algo nuevo”, dice Cordobés, “en romper los angostos límites de la novela del yo […]”. “La estación del sol fue una ruptura brillante, audaz, novedosa. No sólo por las extrañas costumbres juveniles que describía, sino por el posicionamiento de sus protagonistas frente al mundo adulto y su moral. En realidad, estos jóvenes nihilistas no se rebelaban contra la moral establecida, sino que la despreciaban como una tontería”

En uno de los relatos, leemos: “Ellos, en cambio, liberados de toda obligación, consideraban que la pura y simple imitación de los adultos no conseguiría sino asfixiarlos en los límites constreñidos de una vida social ya de por sí mezquina”.

Y así, fruto de ese desprecio por la moral heredada, los jóvenes que deambulan por los tres primeros relatos, ya mencionados, se dedican a beber, salir con los amigos, acostarse con prostitutas y perseguir a las chicas de su edad, sin preocuparse nunca por las consecuencias y sin tener en el horizonte otro propósito que la satisfacción de sus necesidades y sus placeres más inmediatos.

De las consecuencias de ese estilo de vida, en un tono —curiosamente— que no prescinde de cierto tono moral, es de lo que nos habla la novela de Ishihara, al que, por varios detalles, es seguro considerar como cercano espectador de lo que narra. Así, por ejemplo, la historia que cimenta el relato de “La estación del sol” se repite, después, a vuela pluma , en “la clase gris”, aunque con otros nombres; lo que no puede sino interpretarse como una obsesión nacida al socaire de un acontecimiento real.

Un libro de pequeñas tragedias, contadas sin dramatismo ni opulencia verbal, sino con una prosa aséptica, precisa, tocada sólo a veces por una sutil melancolía, fruto del desengaño en que viven los jóvenes protagonistas. Recomendable.

Esa historia es la de un joven boxeador, cuyo carácter describe certeramente el autor con la cita que incluimos al comienzo de este artículo y que cree enamorarse —ni él mismo sabe si es amor o no— de Eiko, una muchacha a la que maltrata de todas las formas posibles, incluso cuando ésta ya ha quedado embarazada.

“La clase gris”, el segundo relato, incluye dos historias en su interior. La primera, la del protagonista; de nuevo una historia de amor que termina en un embarazo trágico. La segunda, la historia de un joven nihilista —aburrido de la vida, dice él— que no ceja en sus intentos de suicidarse, pero que nunca consigue poner fin a su vida.

El tercer relato es el titulado “La cámara de torturas” y su protagonista es, de nuevo, ese prototipo nietzschano de joven que no desea someterse a nada que no sean sus apetencias y que cree que la única ley es la de su voluntad y de su fuerza. Este relato de una yakuza sin glamour, lleno de continuos saltos temporales que llevan de una pequeña escena a otra —siendo cada escena un error que desemboca en la cámara de tortura donde, en la trama principal, se halla el protagonista: Katsumi— es de un dinamismo y una elegancia en su narración propio de una buena película de acción (piensen, por ejemplo, en el Tarantino de Pulp Fiction). Contado, como todos los relatos de este libro, con una prosa pulcra y ágil, este relato podría competir por erigirse como el mejor del libro.

Y si quien esto escribe tiene alguna duda de si es o no el mejor, lo tiene debido al cuarto relato, titulado “El chico y el barco”, una historia que, con sus elementos de tragedia clásica —el héroe, la mujer, el objeto de obsesión y la Moira disfrazada de azar gobernándolo todo—, hace de contrapunto al nihilismo y la modernidad imperante en las otras tres historias y constituye una pequeña fábula moral que, navegando en la estela de Moby Dick, resulta tan atractiva como inquietante, tan amena como profunda.

“El chico y el barco” es, desde luego, el relato de los cuatro que componen el libro donde la violencia se presenta de manera más contenida y donde el vacío existencial —nihilismo, si se quiere— que domina a los demás protagonistas es aquí superado por la pasión del chico —llamado así: “el chico”—por una mujer y por un barco.

De aire legendario, colofón perfecto que actúa, como decíamos, de contrapunto romántico al realismo descarnado, violento y sucio de los tres primeros relatos (más emparentados), “El chico y el barco” cierra un libro de pequeñas tragedias, contadas sin dramatismo ni opulencia verbal, sino con una prosa aséptica, precisa, tocada sólo a veces por una sutil melancolía, fruto del desengaño en que viven los jóvenes protagonistas.

Un libro bello, de traducción impecable —si entendemos por tal aquella que permite una legibilidad sin problemas del texto y no retuerce el castellano para adaptarlo al texto de origen—, tan bien editado como suelen estarlo todos los de Gallo Nero y que nos ha dejado un muy buen sabor de boca. Recomendable.

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