¡A la mierda!

Llegará un momento en el que, como escritor, tengas que decir: “¡a la mierda!”

Cuando llegue ese momento, toda una industria —autores, lectores, amigos, gurús de la autopublicación, los últimos en aparecer en la lista de los más vendidos de Amazon, tu tía— estará esperando, lista para decirte que no te rindas. La mayoría de ellos lo hará con buenas intenciones. Te dirá que con suficiente paciencia, comprensión, dedicación y, tal vez, suficiente talento, puedas conseguir colocar tu libro por ahí. O que tu próximo libro se venda mejor. O que puedes hacer una fortuna si consigues comercializar tu libro del modo correcto, así que, ¿por qué renunciar ahora? O que podrías también publicar tu libro por ti mismo, porque es ahí donde está el futuro y que deberías hacerlo pronto porque lleva su tiempo construir un modelo de auto-promoción.

Me gustaría animarte a decir: A la mierda. Porque lo más probable es que todo el mundo te esté diciendo que no te rindas, sin ni siquiera preguntarse qué significa “rendirse”. No te estoy diciendo que dejes de escribir (y si lo haces sólo porque yo lo digo, tienes una necesidad especialmente importante de aprender a decir: “¡a la mierda!”). Lo que te digo, aun a riesgo de que me llames imbécil, es que pares de comportarte como un autor frustrado, socialmente hipersensible, que es en lo que te conviertes cuando caes en el tópico del autor que hemos creado entre todos.

Todo el mundo está de acuerdo, sin realmente haberlo pensado mucho, en que no quedan ya muchos escritores icónicos como los de la “vieja” escuela —no hay modernos Hemingways o Colettes o Mailers—, aquellos cuyas vidas fueron idealizadas incluso cuando aún estaban vivos. Se trata sólo de una nostalgia egoísta para distraernos de lo que un autor es ahora mismo: un “niño” de los social media, un vendedor de sí mismo, que dirige a sus propios fans a Goodreads, que se sorprende de lo inútil que su editor es, dolorosamente consciente de esas listas de los 50 más vendidos en su género. Lo más probable es que éste sea realmente el futuro de todo autor, pero si estás teniendo problemas para distinguir qué eres tú y qué parte no es más que el que caminar por la alfombra roja de la escritura y eso te está poniendo cada vez más triste, entonces es el momento de decir: ¡a la mierda!

Di “¡a la mierda!” la próxima vez que estés preocupado porque tu novela no sea tan buena como las que se están vendiendo ahora mismo. Di “¡a la mierda!” a la persona que te diga que no es malo echar un vistazo a lo que más se vende. Incluso si está en lo cierto, está equivocada.

Así que manda a la mierda a Internet, donde todo puede ser aterrador para un alma sensible, y ponte a escribir

Di “¡a la mierda!” a la tentación de enviar tu manuscrito a algún lugar demasiado pronto, sólo porque estás ansioso por ser reconocido como escritor. Si necesitas aprobación, obtenla de otro modo, o no llegarás a ser otra cosa “que” un autor en Goodreads.

Manda a la mierda a todos tus amigos escritores que harán una promoción exagerada de tu próximo libro. Probablemente ni siquiera lo leerán antes de hablar de él.

Vuelve a plantearte ese blog que tienes dedicado a dar consejos sobre escritura. Ahora mismo hay más que lectores. Si tus consejos son muy buenos, cobra a la gente por ellos o guárdate esos consejos para ti y comienza a escribir bien.

Manda a la mierda a intentar ser el autor que da entrevistas sorprendentes e inspira a todos por su tranquilidad y su sabiduría. Intenta ser esa persona, o no, pero no te preocupes demasiado  por cosas como si eres un escritor simpático y menos si para ello has de transformarte en otro para conseguir lectores. Si se trata de una “performance” no importa lo que nadie te diga para animarte: si te estás mintiendo a ti mismo, es mejor hacerlo al escribir.

Manda a la mierda al que se angustia constantemente con todo, excepto con escribir. Esa reseña cruel de tu libro, escrita por alguien al que nunca conocerás. Ese comentario que ese tipo hizo en su taller de escritura. La aparente indiferencia de tus seres queridos por esta nueva obra. Tus propias inseguridades o el preguntarse si la gente se dará cuenta de que el indeseable protagonista sólo eres tú con un nombre diferente. El hecho de que el mayor idiota que hayas conocido haya conseguido de algún modo un trato cojonudo para publicar su libro. La posibilidad de que la novela haya muerto.

Mantente alejado de las personas con las que tiendes a competir cuando estás inseguro. La competencia entre escritores no es necesariamente mala, pero las probabilidades casi nunca van a estar de tu parte. Ve y lee un libro de alguien a quien admires y que esté muerto y que no sea tu amigo. Luego escribe una conversación con ese libro. Compite con un alma vieja. Si te llaman un escritor “chapado a la antigua”, simplemente recuerda lo ridículo que ese insulto es, incluso expresado de otra manera.

Convertirte en tu propio promotor puede ser una necesidad en estos momento, pero lo es de acuerdo a la lógica de un mercado que no está en ningún modo orientado hacia la creación de una relación sana entre el autor y su obra

Mantente lejos de ese infierno feliz de Internet mientras seas vulnerable. Para de buscar en google tu nombre cuando no estés seguro siquiera de existir. Si vas a ser publicado, resiste, como sea, la tentación de verificar en la Red qué se dice sobre tu libro cuando tú mismo no estés seguro sobre su valía. No busques reseñas de tu libro para animarte. Internet puede ser un magnífico recurso, pero es sólo un recurso, no un reflejo de tu valor como artista o como persona. ¿Esto parece obvio? Bien, entonces, ¿por qué se olvida tan fácilmente?

Cuanto más lejos llegues en tu carrera como personaje público, más serás analizado. Esto, igualmente, es obvio. Incluso una tautología. Pero después de una década de redes sociales y lucha por el “click” y toda esa indignación online manufacturada, esos sitios casi porno de venganza entre escritores, la espectacular estupidez de ciertas formas de activismo en la Red, la anonimia del odio y el hecho de que una vez en Internet, esté ahí para siempre, te debería llevar a preguntarte algunas cosas. ¿Hay alguien que no sea ahora un personaje público? ¿En serio hay que escribir una nueva novela sobre ese nuevo sitio o ese nuevo meme? Son algunas preguntas interesantes. Tal vez podrías escribir un libro con ellas. Pero lo más probable es que las mejores preguntas surjan de ese agujero negro que te está llevando a tener ganas de decir “¡a la mierda!” y cuya fuerza es mayor de la que quieres admitir: así que manda a la mierda a Internet, donde todo puede ser aterrador para un alma sensible, y ponte a escribir.

Muchos de los consejos para nuevos escritores que hoy en día se dan no mencionan todo este lado oscuro. Crear una plataforma desde que la promocionarte puede ser un buen paso en tu carrera, pero es también una cuestión de hábitos psicológicos: exponerte al escrutinio de gente cuyo dinero o fidelidad buscas, ponerte una máscara que no quieres usar sólo para poder vender tu trabajo como una extensión más de esa máscara, quedarte atascado en un “género” como en un bache. Esas podrían ser alguna de las limitaciones. Convertirte en tu propio promotor puede ser una necesidad en estos momento, pero lo es de acuerdo a la lógica de un mercado que no está en ningún modo orientado hacia la creación de una relación sana entre el autor y su obra. Eso es el mercado. Y gastamos mucho tiempo en convencernos de que es de otra manera. Aunque si te burlas de la idea de “una relación sana entre el autor y su obra” enhorabuena. Quizás es sólo que yo soy un sensiblero.

No hay nada de malo en decir “¡a la mierda!” a todas esas presiones. Puede que no consigas publicar pronto y que la gente no deje en tu blog tantos comentarios como quisieras, y tal vez nunca puedas jactarte de estar entre los 3 más vendidos de Amazon. Pero todo eso está bien.

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