Cortázar: un flâneur argentino

Análisis de “El otro cielo” como relato psicogeográfico

«En todo caso bastaba ingresar en la deriva placentera del ciudadano que se deja llevar por sus preferencias callejeras, y casi siempre mi paseo terminaba en el barrio de las galerías cubiertas, quizá porque los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta desde siempre». Julio Cortázar en “El otro cielo”

Estas palabras de “El otro cielo” de Julio Cortázar y la edición de “Psicogeografía” (libro de Merlin Coverley publicado recientemente por Carpe Noctem) me pusieron sobre la pista de algunas referencias e influencias que el relato de Cortázar dejan entrever.

Como mínimo, existen algunas coincidencias entre el relato Cortázar y dos de las novelas fundacionales del movimiento psicogeógrafo —especialmente, de su vertiente francesa, conocida como flaneurismo—: “Nadja”, de Breton y “El campesino de París” de L.Aragon.

ulio cortázarPero, ¿qué es la psicogeografía? ¿Qué es el flâneur? “El errante, el paseante, el flâneur y el acosador: los nombres varían, pero desde las expediciones nocturnas de De Quincey, hasta el andar errabundo de los surrealistas Breton y Aragon, desde la deriva situacionista hasta las heroicas caminatas de Iain Sinclair, la actividad del paseo está siempre presente en la narración. Pasear es un asunto urbano, y en las ciudades, cada vez más hostiles con el viandante, se convierte inevitablemente en un acto subversivo. Se considera opuesto al espíritu de la ciudad moderna, donde se fomenta la circulación rápida; la mirada de viandante que requiere el paseo permite cuestionar la representación oficial de la ciudad, al saltarse las rutas establecidas y adentrarse en zonas marginales y olvidadas, a menudo despreciadas por sus habitantes. De este modo, el acto de pasear conecta con la política de oposición a la autoridad característica de la psicogeografía”, explica Merlin Coverley en su libro. Y añade más adelante: “En París, la figura del paseante solitario que consigna sus observaciones de la ciudad moderna y viene a simbolizar el surgimiento de la misma tiene un nombre: flâneur.”

El flâneur sería entonces un paseante urbano, crítico con el proceso de modernización de la ciudad, con el avance tecnológico que va restando espacio al paseante para concedérselo a los vehículos. Un paseante que, con el surrealismo, convierte el andar en un acto literario. Dice Merlin Coverley: “La práctica surrealista del automatismo en la que se da vía libre al inconsciente no solamente se limitó a la escritura automática, sino que también se aplicó al paseo. Este abierto automatismo geográfico caracteriza Nadja de Breton, un relato en gran parte autobiográfico cuya misteriosa heroína está inspirada en una de las amantes que tuvo en la vida real el escritor, quien de forma genuinamente surrealista terminó sus días en un manicomio. Se ha dicho de Nadja que es «la novela psicogeográfica par excellence»”

Conocida es la admiración de Cortázar por el surrealismo, especialmente por la figura de André Breton, uno de los padres del movimiento. Y precisamente con Nadja se puede poner en relación el relato “El otro cielo” de Cortázar. Y es a través de esa influencia que nos permitimos incluir a partir de ahora a Cortázar entre los escritores que han practicado la escritura propia de la flânerie y nos atrevemos a incluirlo en el grupo de los psicogeógrafos.

Nadja, escrita por André Breton en 1928 y revisada en 1962, comienza con el encuentro inesperado entre el autor y una joven llamada Nadja, quien ejerce sobre él una particular fascinación: “No sé por qué mis pasos me han conducido hasta aquí, donde he llegado sin un motivo específico, sin nada que me haya motivado excepto por esta única pista oscura: que eso (¿?) ocurrirá aquí. No veo, mientras camino apresuradamente, qué es lo que me empuja como un imán en el espacio y el tiempo”.

También en el relato de Cortázar encontramos este pasear automático, este ir configurando la realidad a medida que se pasea, junto con la intuición de que lo que haya de pasar, pasará allí, en algún momento. Una intuición más oscura, más tétrica (con ecos de Poe) en el caso de Cortázar, pues hay una serie de crueles asesinatos como telón de fondo. Igualmente, al protagonista del escritor argentino lo guía una mujer, en este caso Josiane, una prostituta: “Otra cosa nos acercó, y también en eso fui afortunado, porque a Josiane le gustaban las galerías cubiertas, quizá por vivir en una de ellas o porque la protegían del frío y la lluvia (la conocí a principios de un invierno, con nevadas prematuras que nuestras galerías y su mundo ignoraban alegremente). Nos habituamos a andar juntos cuando le sobraba el tiempo, cuando alguien —no le gustaba llamarlo por su nombre— estaba lo bastante satisfecho como para dejarla divertirse un rato con sus amigos”

Louis Aragon, padre del flâneurismo
Louis Aragon, padre del flâneurismo

Precisamente la mención a las galerías y el hecho de que Josiane sea una prostituta (prototipo de la flâneuse, de acuerdo con Walter Benjamin) nos permite relacionar este relato de Cortázar con otro de los libros fundacionales de la psicogeografía: “El campesino de París” de Aragon y con el mismo movimiento psicogeográfico.

Dice M. Coverley: “Mientras que Nadja representa la encarnación de la fémina eterna, El campesino de París, aun reconociendo el contenido erótico de las calles e incluyendo la visita de rigor al burdel, también arremete contra la destrucción de esta ciudad, cuyas galerías serían poco después derruidas”.

Y añade el autor de “Psicogeografía”: “Si el flâneur que celebraron Baudelaire y Benjamin es simplemente un observador pasivo a quien su entorno deja indiferente, a su equivalente femenino, la flâneuse, se le asigna un papel bastante diverso: el de prostituta. Las galerías parisinas se han visto a menudo como un lugar frecuentado por hetairas y sus clientes, entre los que se encuentran Benjamin y Baudelaire y, como se verá, los primeros miembros del movimiento surrealista. A medida que nos acercamos al florecimiento vanguardista del periodo de entreguerras, las calles de París se van pareciendo cada vez más a un lugar erótico: un sitio para procurarse, buscar o simplemente pensar en el sexo”

Ese París de las galerías todavía en pie es también el escenario principal (la acción transcurre fundamentalmente allí) del relato de Cortázar, protagonizado, igualmente, como ya hemos dicho, por una prostituta que trabaja en las hoy ya derruidas galerías: “otras veces se limitaba a sonreír y a mí me quedaba el resto del tiempo para las galerías; eran las horas del explorador y así fui entrando en las zonas más remotas del barrio, en la Galerie Sainte-Foy, por ejemplo, y en los remotos Passages du Caire, pero aunque cualquiera de ellos me atrajera más que las calles abiertas (y había tantos, hoy era el Passage des Princes, otra vez el Passage Verdeau, así hasta el infinito), de todas maneras el término de una larga ronda que yo mismo no hubiera podido reconstruir me devolvía siempre a la Galerie Vivienne, no tanto por Josiane aunque también fuera por ella, sino por sus rejas protectoras, sus alegorías vetustas, sus sombras en el codo del Passage des Petits-Péres, ese mundo diferente donde no había que pensar en. Irma y se podía vivir sin horarios fijos”

El mundo de las galerías es para el narrador del relato de Cortázar el refugio, el lugar donde la rutina del corredor de bolsa se disuelve en una vida de bohemia y exploración de la ciudad. Ese afán exploratorio, ese ir escribiendo automáticamente la vida a medida que ésta se desarrolla en la calle, a medida que se pasea, es lo que permite incluir a Cortázar en la nómina de los psicogeográfos o, al menos, en la tradición de los flâneurs.

Cortázar pasea por un París que, como dice Benjamin, con la modernidad comienza a no ser más el hogar del flâneur. Un parís, en realidad, ya desaparecido cuando se escribe el libro. Y esa destrucción, una vez desaparecido el “horror” que acosaba el barrio y terminada la guerra y comenzada de nuevo “la normalidad” es lo que lleva al narrador de Cortázar a renunciar a sus exploraciones y a reintegrarse, él también, en la normalidad. A convertirse sólo en un viajero mental (otra de las categorías de la psicogeografía) que reconstruye, desde la seguridad de su casa, los paseos por una ciudad que, de repente, ya no reconoce o se ha convertido para él en un peligro: “empecé a admitir desde muy lejos que el barrio de las galerías no era ya el puerto de reposo, aunque todavía creyera en la posibilidad de liberarme de mi trabajo y de Irma, de encontrar sin esfuerzo la esquina de Josiane. A cada momento me ganaba el deseo de volver; frente a las pizarras de los diarios, con los amigos, en el patio de casa, sobre todo al anochecer, a la hora en que allá empezarían a encenderse los picos de gas. Pero algo me obligaba a demorarme junto a mi madre y a Irma, una oscura certidumbre de que en el barrio de las galerías ya no me esperarían como antes, de que el gran terror era el más fuerte”

Así pues, existen razones para incluir a Cortázar en la nómina de los psicogeógrafos y los flâneurs, pese a que los estudios de estos movimientos se centran, fundamentalmente, en autores británicos y franceses, como Defoe, de Quincey o Aragon. Estudios, por otro lado, poco desarrollados en las universidades de literatura españolas, lo que impide, por supuesto, que exista un análisis más detallado y académico de la influencia de estos movimientos en la narrativa escrita en castellano.

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