La memoria del Holocausto en la Europa poscomunista

¿Qué recuerdan las víctimas? ¿Y los verdugos?

He aquí un trabajo colectivo, en construcción, pero imprescindible, que se materializará en un libro donde se examinará de qué manera se recuerda e interpreta el Holocausto en la Europa poscomunista

El volumen se centrará en las similitudes y divergencias de la memoria del Holocausto, en las diferentes narrativas que se han construido en torno a este acontecimiento histórico en todos los países que fueron comunistas y mostrará cómo el pasado impacta en el presente y viceversa. Dirige el proyecto Joanna Beata Michlic, profesora en el Departamento de Historia de la Universidad de Bristol.

La memoria del Holocausto se ha convertido en la piedra de toque de las catástrofes históricas, es decir, su presunta excepcionalidad le ha llevado a erigirse en símbolo y recordatorio del mal y de nuestro deber ético de combatirlo. Sin embargo, este proyecto de investigación con proyección internacional demuestra que la conmemoración del Holocausto provoca tanto rechazo en algunos países de la Europa poscomunista como aceptación en la Europa occidental (con excepciones). Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia (sobre todo los dos primeros por motivos obvios) puede decirse que han incorporado a sus narrativas históricas la memoria de una parte fundamental de nuestra historia europea reciente. En estos países no solamente se ha investigado a fondo la historia, es decir, se ha documentado sin cesar historiográficamente ese momento, sino que la conmemoración del Holocausto ha pasado a ser, sin controversias, parte de la identidad histórica nacional y del recuerdo colectivo de estos países. En ellos, al judío se le reconoce el estatus de víctima y su derecho a un duelo sin clausura y a conmemorar, junto con el resto de la sociedad, supuestamente el más atroz de los genocidios. Sin embargo, el panorama es mucho más complejo en el caso de los países poscomunistas. Cuando cayeron sus regímenes, estos países tomaron como ejemplo a seguir Europa occidental y Norteamérica, cuyos modelos de pensamiento y sistema de valores intentaron (o se vieron abocados a) copiar. Ahora bien, juzgar el pasado, valorarlo emocionalmente, configurar una historia sentimental más o menos consensuada, es una empresa que no se presta a fáciles traslaciones, lo que equivale a decir que cuando se trata del recuerdo y de la identidad que de él se deriva no hay fórmulas ni modelos fácilmente adoptables. Es así, en primer lugar, porque en estos países las minorías (se trata de sociedades multiétnicas) muchas veces compiten para imponer su recuerdo y porque, además, la asimilación de la historia comunista se alza como una complicación adicional a la hora de incorporar el debido recuerdo del genocidio nazi.

La identidad colectiva de una nación no puede disociarse del pasado, especialmente cuando ese pasado no acaba de “pasar”

Pero entremos en materia con un ejemplo. En el año 2001 el historiador Jan T. Gross de la Universidad de Princeton publicó un libro titulado Neighbors: The Destruction of the Jewish Community in Jedwabne, Poland que explora la matanza de Jedwabne en julio de 1941 de judíos polacos en la Polonia ocupada por los Nazis por parte de sus vecinos no judíos. El impacto del libro, censurado en Polonia, fue tremendo y las furibundas respuestas que provocó han sido traducidas y comentadas por la autora de marras. De hecho, la violencia anti-judía fue acicate para que Michlic se pusiera a investigar la historia del Holocausto en Polonia. Se dio cuenta de que se podía hablar de un patrón o de patrones presentes en el resto de países poscomunistas en lo que atañe al antisemitismo, la resistencia a la representación (también artística) del pasado, al papel que juegan los judíos en la política, en la cultura, etc. Es decir, a partir de ese momento, Michlic se dedicó a buscar similitudes y divergencias en la forma en que los países poscomunistas han afrontado el legado del Holocausto. Lo primero que comprobó fue que, en efecto, existe una relación dinámica entre el pasado y el presente, aunque esto no es, por otra parte, nuevo. Junto con el historiador canadiense-ucraniano John Paul Himka, empezó a ver cómo se han ido formando la identidad social y la memoria colectiva en esos países. Michlic e Himka sostienen que la identidad colectiva de una nación no puede disociarse del pasado, especialmente cuando ese pasado no acaba de “pasar”, es decir, cuando no ha sido todavía comprendido y asimilado por la sociedad, porque no se le ha dado un lugar en la narrativa no ya historiográfica (la memoria no es sólo un asunto de historiadores) sino social y cultural del país. Sabemos que la identidad se construye también en “negativo”, es decir, que el silencio, la exclusión, la represión, la persecución etc. son los cimientos identitarios de minorías que toman todos estos rasgos preponderantes en sus historias (englobados en el término “victimhood”) como integrantes de su propia narrativa y formativos de su identidad.

La Europa poscomunista, argumentan Michlic y Himka, es un caso extraordinario de rescritura del pasado y, asimismo, un caso claro de lo que ocurre cuando se intentan sacar a la luz aspectos oscuros del pasado como requisito fundamental para la formación de cualquier memoria colectiva: ese acto de desenterrar el pasado se toma como una verdad que resulta ser “demasiado” y que, por tanto, apenas se puede aceptar.
1960 marca el momento en que se comienza a mirar atrás. Antes de esa fecha el Holocausto era, sencillamente, demasiado reciente para ser abordable. Fue en esos años cuando se celebró el juicio a Eichmann y cuando empieza a hablarse de tres categorías implicadas (“víctima”, “verdugo” y “testigo”) y también cuando comienza a darse un tratamiento filosófico a lo ocurrido (Arendt). Pero es a partir de 1989 cuando el Holocausto se convierte en símbolo, y es reapropiado para hablar del sufrimiento humano.

Por fin las memorias individuales son tomadas en serio para entender sucesos que afectaron a determinadas comunidades

Michlic sostiene que necesitamos saber más sobre las matanzas de judíos en los países comunistas y, sobre todo, que urge un estudio comparativo sobre la memoria del Holocausto en la Europa occidental y la del Este. En la Unión Soviética, por ejemplo, estaba prohibido utilizar el término “holocausto” y no hubo empatía con las víctimas ni se permitió su duelo público. Michlic también echa en falta estudios sobre el antisemitismo de preguerra en la Europa de Este y observa que los que intentaron realizar esa investigación pasaron por traidores de la patria. Sin embargo, más allá de la memoria oficial se estableció una memoria clandestina (underground), por lo que la memoria del Holocausto se mantuvo viva.

A partir de 1989 (y 1991, con el colapso de la Unión Soviética) estalla lo que Padraic Kenney llama un “carnaval de revolución”, la explosión de una plétora de iniciativas en los países poscomunistas para restaurar la memoria y desenterrar sus aspectos más oscuros gracias a la libertad recién adquirida. Esta nueva fase en la que hoy se encuentran ha dado lugar a memorias y narrativas en conflicto, a dicotomías entre la nación y el régimen comunista o entre las elites y la sociedad, una competición donde no está ausente la exclusión y represión de la memoria de minorías y donde también los mitos se resisten a desaparecer, por ejemplo, el del judío-comunista. La década de los noventa ha sido, en lo que atañe a la memoria, progresista, plural y cívica. Ha supuesto una superación del “blanco o negro” para construir un espacio polifónico donde se reconoce la importancia de las memorias individuales. El gran cambio, apunta Michlic, es ese: por fin las memorias individuales son tomadas en serio para entender sucesos que afectaron a determinadas comunidades. Los políticos se han dado cuenta, no sin cierto sentido de la oportunidad, que les resulta más rentable conmemorar que rechazar el Holocausto. Hay países, sin embargo, donde el avance de la restauración del pasado se ha detenido en lo que se refiere a la aceptación de “el otro”, el judío. A este respecto merece la pena recordar que durante los últimos mundiales de fútbol, los ucranianos llamaron a los jugadores del equipo contrincante “judíos”. El término “judío” en Ucrania todavía hoy, apunta Michlic, se usa vaciándolo de su contenido histórico para deslegitimar a alguien, para deshumanizar a un rival.

Lo anterior demuestra que dentro de la Europa del Este existen grados en la aceptación y diferentes velocidades en el progreso hacia el reconocimiento y la asimilación del Holocausto.

Pero es a partir de 1989 cuando el Holocausto  se convierte en símbolo, y es reapropiado para hablar del sufrimiento humano.

Este prometedor proyecto de investigación sobre el legado del Holocausto en la Europa poscomunista suscita la siguiente reflexión: ¿No se parece el caso español a lo anterior, en la manera dificultosa, plagada de trabas y de pasos atrás, en que se está llevando a cabo la restauración y el reconocimiento de nuestro pasado reciente? Cuando Michlic habla de aquellos a quienes se ha considerado traidores en los países poscomunistas por investigar el pasado, es imposible no pensar en la inhabilitación de Garzón, en la pérdida posterior de la petición de indulto por parte de los Magistrados Europeos por la Democracia y las Libertades, en la última decisión del fiscal Torres-Dulce que no deja debatir sobre la memoria histórica, etc. etc. ¿No será que en lo que atañe a cómo manejamos el legado del pasado estamos más cerca de un país poscomunista que de un país occidental? Piénsenlo.

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